Convocatoria 1: amnesia

ACTUALIZACIÓN: la ganadora de esta convocatoria es Mildred Arizpe. ¡Felicidades!


Instrucciones para realizar el ejercicio: imagina que, por alguna razón misteriosa, has olvidado las cosas mas simples y comunes. Qué nombre tiene una silla y para qué sirve, cómo se utiliza una cuchara, los movimientos necesarios para abrir una puerta, nada de eso recuerdas. Estás en un lugar común y corriente, pero es tan extraño para ti como el lugar más fantástico posible. Describe ese lugar en un texto de hasta 200 palabras de extensión. Deja tu texto en la sección de comentarios de esta misma convocatoria, en la parte inferior de la página. (Si no ves la sección de comentarios, haz clic en el título de la convocatoria.)

Consejos: considera que no puedes nombrar directamente aquello que has “olvidado” y necesitas describirlo como si lo estuvieras descubriendo por primera vez. Trata, además, de no contar la historia de la pérdida de memoria. Lo esencial es la descripción.

Tienes hasta las 11:50 (hora del centro de México) de la mañana del día 14 de agosto de 2019 para entregar tu ejercicio. El jurado del Taller Fugaz comentará al menos cinco de los textos entregados y seleccionará un ganador durante las 24 horas siguientes a ese momento.

Los ganadores recibirán los libros La tienda de los sueños. Un siglo de cuento fantástico mexicano (Ediciones SM) y Manos de lumbre (Páginas de Espuma) en formato digital.

109 comentarios en “Convocatoria 1: amnesia”

  1. Tuve frío. Supe de mi cuerpo porque me dolía cada parte de él. Había demasiado sol o estaba ciega. Mi lengua, como una animal a punto de morir, temblaba sin control. Abrí la boca y el mundo era de sal. Bajo mis manos, piedras de todos los tamaños me laceraban y, aun así, mis dedos intentaban cerrarse sobre ellas. Entonces escuché una voz, fuerte y monótona, un rugido. Pronto, pude notar que esa voz estaba hecha de muchas otras, pero no comprendía ninguna. Iban y regresaban, como promesas, como amenazas. Esas voces se abalanzaron sobre mí, me salvaron de la tortura de la tierra, me salvaron de la sed y del aire, me cerraron los ojos y me lamieron las heridas. Me ahogué en ellas.

  2. Siento un hueco muy adentro, las tripas se mueven, devoran. ¿Tienes hambre?, me dice una señora. ¿Qué es el hambre?… Ándale, siéntate, abre la boca y ponte a comer… Instrumentos metálicos brillan, cosas se mueven, la madera cruje, pero no sé qué es qué hay que hacer.

    Círculo blanco, porcelana, vísceras encima. ¿Por qué no comes? Mirada juiciosa, huyo, corro… Esa mujer me aterra, espera soy tu MA-DRE.

    En la calle cuadrícula de fierro, personas de pie, agua sucia, plástico, animales, cosas dispares. Pásele, pásele, ¿cuántos tacos? ¡Suadero, pastor campechanos! Bolsillo brincando, círculos pesados, papel ligero. El texto dice: TACOS.

    ¿Tacos? Hueco profundo, dolor, sensación rara. Personas introducen basura en el círculo del rostro, mueven dientes, sonríen, mano atada, ¿qué asco? ¿qué hacen?

    Ojos desorbitados, baba, sensación incomprensible, gritos, palabras, sueños, dolor incomprensible. ¡Hambre! ¿Cómo se quita el hambre?

    Las vísceras devoran vísceras.

  3. Ceniza.
    Desperté.
    Me encontré acostado en algo sólido, puedo poner mis pies ahí firmemente, hay mas de eso pero esta en diferentes angulos…
    Seis iguales para ser exactos.
    Con cuidado y miedo, logro tocar cada cosa sólida. Si pudiera describirlo, hay algo alto que decidí llamar cielo, algo abajo que llamo tierra, y 4 cosas que no me dejan avanzar a lo que le digo ángulos.
    Eso me dejó cansado y decidí cerrar los ojos un momento.
    Volví a despertar.
     Un ruido extraño, de crujido y una sensación abrazadora rodeaban el lugar, era nuevo, habiá un cuadrado que contenía una bestia naranja, color negro, sangre polvosa…
    Se queda pegada en mis manos y hace que cambien de color.
    Al voltearme, uno de los ángulos tiene una figura y sigue mis movimientos, me asusta.
    Llevo tiempo dandole la espalda al voltear me sigue mirando, se mueve solo cuando yo lo hago.
    Con mucho valor, alimento a la bestia con lo que se convierte en su sangre, en un sueño escuché el nombre de “Ceniza”, quiero que la figura desaparezca así que lleno toda la tierra del alimento y dejo que la sensación abrazadora nos lleve.
    Me llamo Ceniza.

  4. Dicen que algo llamado memoria regresará, pero entonces me han tenido que explicar qué es la memoria. Tras la aclaración, hago un esfuerzo por tratar de recordar los nombres de las cosas cercanas, pero es inútil.
    No puedo moverme, y todo es tan brillante que no puedo mirarlo por mucho tiempo. Cansa la vista. Tengo que cerrar los ojos seguido. A veces entonces me vuelvo a dormir y tengo que volver a empezar.
    No estoy preocupada porque todo lo inmediato es blando y seguro. Estoy acostada, envuelta en una suavidad tibia que parece muy diferente a la blancura que -noto- está más abajo. Afuera de lo que me envuelve, hay maquinas cuadradas que parecen zumbar, haciendo ruidos repetitivos que no entiendo. Tampoco entiendo mucho de lo que me dicen las personas que se acercan a mí. Todo es un zumbido suave y desconocido.
    Sólo una persona, de entre todas, se ha quedado quieta y a mi lado todo este tiempo. Viste de rosa y no deja de mirarme. A veces pone cosas en mi boca, para que coma, y me repite sus nombres, paciente: pan, pollo, gelatina. Me ha llamado “hija” tantas veces que sospecho que ese es mi nombre.

    1. Lo que me parece más interesante de este ejercicio es que logra, al mismo tiempo, sugerir entornos y acción. El truco de esta encomienda, por supuesto, es que la amnesia no puede implicar más que una limitación de la perspectiva, porque un personaje que perdiera absolutamente toda la memoria perdería también el lenguaje y sería incapaz de comunicarse. El detalle del “nombre” al final remata muy bien todo lo anterior, porque implica también una serie de sentimientos que la misma narradora podría no percibir, pero nosotros sí. Muy bien.

      1. Muchísimas gracias Alberto, de hecho terminé con varias variantes del relato por ese motivo; todos se enfocaban en descripciones distintas, pero al final esta versión fue la que más me convenció.

        El límite de 200 palabras fue todo un reto, pero creo que realmente me obligó a enfocarme en el impacto de cada oración.

        Nuevamente gracias por tu amable atención y comentarios.

    2. Me gusta particularmente este texto por la elegancia en que nos da elementos emotivos. Es una situación dramática pero no melodramática. El personaje no sabe qué ha pasado, y todo empieza una y otra vez, ignora incluso su nombre. Adivinamos que está en un hospital, que algo grave ha pasado, pero leemos también esa tranquilidad desconcertada del personaje. El personaje se siente y sabe indefenso, pero a la vez protegido , todo, nos dice “es blando y seguro”. Esa sensación de que, por el momento, esta a salvo, sirve para armar la última línea. “Hija” no sólo es un nombre, es la sensación de que hay alguien cuidándola. Excelente.

      1. Le agradezco enormemente sus comentarios, para aquel que empieza a reunir confianza para escribir y publicar realmente significan muchísimo. ¡Gracias!

  5. Jalo aire por inercia, pero siento que no aspiro lo suficiente, como si fuera a desmayar. Personas que van y vienen. Algunas me sonríen al toparlas de frente. Rostros que me dan la sensación de confort y temo preguntar. Preguntar dónde estoy y qué hago aquí. Algunos sentados, con objetos de papel la mayoría, y todos con una especie de cajita metálica que les absorbe por completo la atención y hasta charlan con ella. Es como si se tratara de una persona, de alguien que fuera su guía, su líder, una especie de dios. De la cajita amansadora también surgen notas musicales y en algunos casos hasta imágenes en movimiento. Tal vez ellos se hayan encontrado como yo, y ahora tienen su cajita y saben qué eran, dónde estaban y qué deben hacer. Tendría que preguntar a la cajita para calmar mi angustia.
    Aquélla chica acaba de dejarla donde estaba sentada. Debo aprovechar. Tal parece que con solo pucharla, la cajita les responde.
    Tomé la cajita, apreté la parte baja, y pregunté:
    ⎯¿Quién eres?
    ⎯Soy Siri… A tu servicio.
    ⎯¿Y quién soy yo?
    ⎯¿Y a mí me los preguntas, Alberto?

  6. De un color parecido a lo que sale de mi nariz es el cuadrado que tengo frente a mí. Extiendo mis dedos y lo siento suave, su textura es parecida a lo que cubre mi cuerpo. Hay algún tipo de luz que la hace más clara de la parte superior. Del lado opuesto, veo algo rectangular de color marrón o café, no recuerdo la diferencia. Igualmente lo toco y es duro. Tiene cuatro palos unidos que tocan el suelo, como cuatro piernas sin pies. Encima de este rectángulo hay un pedazo cuadrado blanco pequeño. Mi dedo lo toca lentamente y es frío, no hago más. Sólo veo de lejos que tiene rayas negras encima. Ahora, acabo de escuchar un tronido. Volteo al origen y veo que empieza a entrar luz de un hoyo que alguien hizo empujando una tabla. Una bolita de cuatro patas y con pelo negro entra corriendo. Choca varias veces y se cuelga del cuadrado suave del principio y hace que caiga. Distingo que eso cubría otro hoyo más pequeño. Me acerco y toco con cuidado. Algo duro y transparente lo cubre. Sólo veo que hay otros cuadrados y rectángulos del otro lado. Saludo.

  7. Una revoltura de colores corre de prisa, interminable, en una misma dirección. Algo invisible frente a mí me jala hacia ella. Estoy asido con todo mi vigor a dos superficies frías y lisas que me escocen de tanto apretarlas. Mis extremidades inferiores flaquean, no puedo evitar recargarme sobre la cosa helada, que se hunde dolorosamente en mi costado, doblándome. La fuerza está venciéndome. Un caudal sube sobre y a través de mí: frío por fuera, ardiente por dentro.

    No puedo más. Me entrego a la fuerza y vuelo un instante mientras giro y me descomprimo. La sustancia caliente se me escapa por varios orificios, en todas direcciones y en todos los colores. Caigo, aún girando, sobre un montón de cositas duras y puntiagudas que me rasgan. Me duele todo y todo me arde. Dejo de mirar hasta que nada se mece.

    La calma vuelve. El objeto del que caí sigue ahí. Unidas al centro de la cosa, ocho extremidades rígidas apuntan sus codos al cielo y plantan sus extremos sobre la orilla de una base plana y circular, desafiantes. Aquello gira lentamente y rechina a intervalos. ¿Qué hacía yo encima? ¿Trataba acaso de domarlo?

  8. Delante de mí hay un libro incompleto. Como la vida: abierto a la mitad, el pasado ya escrito y el futuro en blanco. Está posado sobre una tabla de madera y me doy cuenta de que sostengo en mi mano un tubo delgado, corto, oscuro y puntiagudo. Veo a mi alrededor y me percato de que no estoy solo. Estamos en una habitación muy bien iluminada. Cada persona presente se ve idéntica: ropa idéntica y gesto de aburrimiento.

    Todos miramos en la misma dirección. Todos tenemos un libro incompleto frente a nosotros, posado sobre una tabla idéntica y sostenemos un tubo liso en una mano. Me amenaza la idea de una eternidad aquí, en este umbral llamado presente en el cual todos existimos hartos e idénticos. Me inquieta el calor, el hambre y el exceso de luz en esta habitación sin ventanas. Me perturba el incómodo y pequeño pedazo de plástico sobre el que estoy sentado. Me fastidian los murmullos que surgen a mi alrededor; todos conocen a alguien, excepto yo.

    Me saca de este trance una voz chillante que dice “¡Silencio todos! Voy a pasar lista”.

  9. No lo puedo creer, frente a mí hay una superficie grande y oscura con algo de un color muy diferente, en el que se ven pequeñas cosas, a una altura media. No sé que estoy haciendo frente a esa cosa, pero sí que es preferible eso a enfrentar todo lo que hay a mi espalda. En la cosa pequeña, de una forma suave, alcanzo a ver mi propio cuerpo, o al menos eso espero que sea porque repite mis movimientos, pero vistos al revés en un tamaño mucho menor, estoy parado cerca de la superficie para ocultar la imagen diminuta y distorsionada de lo que hay detrás de mí. Siento que si los veo comenzarán a moverse hacia mí, me atacarán, será mi fin; los objetos silenciosos que me acechan caerán sobre mí.
    El pequeño objeto se mueve, gira sobre sí mismo y la superficie deja ver un rayo de luz. Entiendo que lo que hay detrás de mí no era lo amenazador. Mi muerte está en quien entra en este momento.

  10. La imagen existe. La palabra no. No existe más. La emoción me regresa al instante que me envuelve como un listón que gira sobre mí. Un listón infinito hecho de palabras a las que debo encontrarles sentido. Saber qué me provocan. Son tantas! Me confunden. Las veo, las leo sin entenderlas. Entonces decido no entenderlas. Lo esencial es sentirlas: ahí está la semilla transformada en germen. Sentirlas es un camino que debo explorar para reconstruir mi historia. No quiero ser olvido. Aquí está el instante que ha surcado el tiempo. Cierro los ojos:
    Hay humedad que sabe a violetas, a lavanda. Sabe a canela. El sabor se vuelve intenso porque algo se mueve con ritmo, me invade sin que oponga resistencia. Me abraza. Me abraso en su calor. Hay sonidos. Alguien me respira y lo respiro en una constante repetición. Una intimidad que veo cubierta por la oscuridad. La oscuridad de mi memoria que a mi razón aflige me dificulta vivir de tan presente. Si yo supiera…

  11. Tengo miedo. Estoy rodeado de gigantes de mil brazos cuyas peludas testas verdes se recortan sobre una tela azulísima; se mecen en una cadenciosa danza mientras susurran un idioma que no entiendo. Camino entre ellos con cautela, no me siguen, se limitan a observarme desde las alturas. Delante de mí veo un río gris donde no corre el agua y me acerco a mirar; sobre él se desplazan seres parecidos a mí, sus pieles son de diferentes colores, algunas muy brillantes, otras oscuras, en los pies llevan cajas que les permite flotar sobre el río; unos son muy veloces, otros se trasladan con parsimonia, algunos son tirados de una correa por seres más pequeños que usan abrigos, cosa curiosa, porque a mi me ahoga el calor. Nadie parece notar mi presencia, están ensimismados; un par de largos cabellos nace de sus oídos hasta llegar a un cofre pequeño que llevan atado al brazo o en una vejiga sobre el vientre. Al fin me animo a dar un paso, puedo flotar aún sin llevar cajas en los pies. ¡Qué felicidad! El viento se cuela bajo la tela que llevo puesta. No extraño más aquel cubo blanco del que salí.

  12. Lo tomaré. Debo admitirlo, tengo miedo pero seré valiente. Lento y seguro extiendo la mano, examino con la vista, no recuerdo haber visto esa extraña cosa, su forma es peculiar, es como ver un animal que descansa, anda sobre sus cuatro pies, delgados con unas bolitas blancas en su extremo más bajo, formando una punta.
    Es imposible que sostenga algo ¿Será adorno?
    Eso sí, sobre esa extraña forma está lo verdaderamente interesante: parece inofensiva, aunque lo dudo, su piel está aprisionada con una extremidad que sale del propio cuerpo y gira 360 grados, enrroscada sobre sí misma.
    Es como una rama con cola de gato; no le encuentro la cabeza, pero tiene esa forma al final en U, característica de los felinos.
    Safe esa extensión suya y le liberé de su prisión.
    Su piel, frágil y suave como los pétalos, esconde su esqueleto que es frío y delgado, sin ninguna otra protección que la ya mencionada piel delgada.
    Tiene, según mis cálculos, unos 200 huesos articulados por pequeñas conexiones de la misma sensación, circulares todos.
    Hay un pequeño bulto que sobresale de su cuerpo, intuyo es su aparato reproductor por la ubicación.
    ***
    ¡Lo presioné! Ahora estoy oculto debajo del otro objeto (manso a comparación), sólo puedo decir que de golpe expandió toda su piel, se puso rígido, bravo, es mucho más grande de lo que aparentaba, está ahí, recostado y a la defensiva, mirándome, lo sé por cómo apunta hacia mí, amenazante y furioso.
    Fuera cae una intensa lluvia.

  13. Aquella cosa. Esto de acá. Eso de allí.
    Ya no pude continuar con la descripción de aquel extraño lugar, pero recordando un viejo dicho, me puse a dibujar.

  14. PLANETA ENANO

    Lo miré y no podía entender en su totalidad qué era lo que estaba mirando.
    Parecía estar hecho de un material delicado, suave y con pequeños agujeros en la superficie; si se mirara de cerca se podía decir que eran diminutas vetas similares a las que marcan los ríos sobre la superficie terrestre. ¿Se tratará acaso de los famosos planetas enanos?
    Por lo menos el 90% del objeto estaba cubierto por este material, aunque había zonas donde se habían formado pequeñas placas; y otras, de donde surgían largos filamentos dorados que parecen delicados hilos.
    El objeto no era geométrico, aunque sí simétrico; contaba con 4 apéndices alargados de donde se desprendían otros 5 en cada uno. Un segmento del objeto era casi circular y contaba con dos orificios de donde salía aire caliente.
    Noté entonces que la masa (antes objeto) parecía emitir pequeñas vibraciones o fluctuaciones. Se abultaba y se reduce de manera profunda y rítmica, de hecho, me pareció ver que parte de ella se estremecía. ¡El planeta estaba vivo!
    De un momento a otro la masa se comenzó a mover con violencia hasta incorporarse casi verticalmente. Sorpresivamente emitió lo que solo puedo describir como una vocalización; dijo: “mamá”.

  15. No comprendo. Estoy recostado encima de algo blando, rectangular y cómodo. Sin ser capaz de moverme un centímetro recorro con la mirada el espacio. Todo es blanco, liso, claro; y de esa superficie cuelgan cosas. Objetos de colores pálidos que parecen huecos en la vasta superficie. Encima de mí hay algo tan luminoso que me obliga a volver la vista. Cierro los ojos. Ahí está todavía en el centro de lo negro. Es redondo. Me atrevo a mirar de nuevo. De mí surgen alargados cilindros transparentes que conducen hacia un rectángulo pequeño e inflado, también transparente. De su base caen a intervalos pequeñas gotas que se deslizan por el interior de los cilindros en mi dirección. Estoy aterrado. Algo se mueve. Un ruido agudo y constante. Un fragmento del espacio se quiebra y una figura entra en la quietud que ocupo. Sus partes se mueven. Una de ellas, que termina en cinco pequeños fragmentos similares entre sí y con la punta de una textura distinta, se acerca. Encima de mi cuerpo hay algo con textura suave. La figura me lo coloca sobre la cara para cubrirla. Pero yo sigo viendo todo desde otra perspectiva. Ahora comprendo. He muerto.

  16. Una voz que no se de quien es me sigue y habla dentro de mi mismo. Esta cosa blanda que duele.

    Arriba, abajo y a lado, líneas se cruzan en perpendiculares atrapando lo que parece ser el envoltorio de esta cosa blanda.

    ¿Soy un regalo? Adentro de una caja. Quizá soy un recuerdo o un regalo de Navidad escondido en el closet.

    ¿Cómo es que viven los regalos dentro de estás esquinas jalando aire por estos húmedos orificios?

    Una carne se ha despertado y escupe un blanquecino hedor cloridrico, junto con otra masa marron y un líquido amarillento y cálido. Sin duda, he empezado a derretirme ¿He muerto como regalo, dentro de esta caja? Se ha jodido el regalo navideño.

  17. La nada se desparrama en mis ojos. Tropiezo. Caigo. Algo está frente a mí, me golpeo. Palpo con temor. La frialdad se cuela en mis dedos. Estrello mi cabeza de nuevo. Nada sigue ahí.

  18. Estoy tendido. Es todo lo que sé.
    Siento una presión, una molestia. Libero un líquido caliente. Sensación de alivio. Los minutos pasan, todo se llena de un olor desagradable. Intento moverme. No recuerdo cómo. El cubo que ahora habito tiene un hueco. Miro hacia afuera. Cosas esponjosas cruzan de lado a lado. Escucho ruidos de criaturas extrañas. Sube la temperatura. Pasan las horas. Comienzo a recuperar la memoria. Me incorporo. Salgo por la puerta y entro a otra habitación. Intento escapar. Es inútil. Oscurece. Un gas azulado sale de uno de los ductos del aire acondicionado. Llega el sueño. Duermo.
    Amanece.
    Estoy tendido. Es todo lo que sé.

  19. Estoy encerrada. Solo la luz me devuelve algo de libertad. Es un puñado de claridad que se filtra a través del orifico de forma rectangular que tengo frente a mí. Es un agujero de aristas perfectas. Está perforado en la mitad de la pared. Es un túnel muy delgado que solo deja pasar la luz. Es un pasadizo que carece de color y tiene una capa de agua cristalina, pero congelada en medio. Este mar transparente se extiende solo hasta los márgenes de madera del agujero. Temo acercarme y ser devorada por esta boca luminosa. Apenas respiro. Me gana la claustrofobia. Extiendo un paso y luego otro. Mi mano se acerca temerosa hasta el centro mismo de aquel boquete. Los rayos del sol me calientan la piel, pero al mismo tiempo siento en las palmas de mis manos la frialdad de aquella lámina dura y transparente. Es una trampa. Un sarcasmo cruel. Mis pupilas se dilatan cuanto más me acerco. Un suspiro se me escapa. Adentro de este agujero reconozco un cielo, una montaña, un charco de lodo, una arboleda en flor. No importa hacia donde mire, ¡el hoyo me muestra más cosas encerradas! Prefiero voltear y amar mi no-libertad.

    1. Éste ejercicio nos habla de la perspectiva que se puede tener si ignoramos qué es un objeto cotidiano. Una ventana en vez de significar la vista hacia el exterior, la amplitud de lo que está mas allá de las paredes, para el personaje se muestra como algo que está atrapado, encapsulado, cosas encerradas. El exterior es una prisión y la ventana es sólo una de las aristas. Prefiere su encierro, su no-libertad a estar encerrado en una burla. Muy bien.

  20. De pronto la obscuridad empezó a morir, un pequeño rayo de sol estaba exterminándola, y en pocos segundos la luz ya lo llenaba todo.
    Abrir los ojos me resulto extraño, pero lo que vi a continuación lo era más. Me fascinó aquella cosa, que más bien era una sustancia. Era perfecta, cristalina, era como un diamante, era el más bello diamante, pero tenía algo peculiar, carecía de forma.
    ¿Cómo era posible que algo tan deslumbrante existiera? Todos los que se encontraban a mi alrededor me invitaban a que tomara con mis propias manos aquella maravillosa sustancia contenida en un recipiente de cristal, pero yo tenía miedo de tocarla y que se estropeara, así que la rechacé, no sin antes preguntar qué era aquello.
    Un amigo se rió y me dijo:
    —¡No seas tonto¡, es la vida, de esto está hecho nuestro mundo, bueno, gran parte, ¡anda, tómala!—.
    Yo no supe qué hacer, la rechace de nuevo, estaba muy confundido, ¿era aquella bella sustancia la vida?
    Un remolino de sensaciones invadió mi cuerpo, de pronto, y sin tener control sobre ello, de mis ojos empezaron a brotar gotas de diamantes, eran gotitas de vida.

  21. Cuando desperté, estaba tirada en el frío suelo, con una tira blanca en mi mano derecha y una sensación incómoda. Mi intención era levantarme y salir de allí lo más pronto posible pero mis movimientos eran algo torpes.
    Por alguna razón no lo sentía tan ajeno, tal vez en otra vida había estado ahí, pero… ¿qué tendría que hacer yo ahí? ¡En ese lugar tan increíblemente desagradable y sin sentido!
    Era como estar en otra dimensión. Encerrada en un cuarto de menos de 2 metros cuadrados, con aquel mueble blanco, frío con forma de cuenca extraña y que parecía “molestarse” cada vez que yo me movía, pues prendía una luz roja y comenzaba ese remolino de agua, acompañado de un sonido terrorífico. Parecía querer succionar algo, no entendí realmente cuál era la función de ese aparato endemoniado.
    Percibía constantemente algo que entraba por mi nariz invadiéndola de una sensación que me provocaba repulsión y ganas de dejar de respirar.
    Pegado a una de las paredes, había un rollo enorme cubierto con una especie de carcasa; aparentemente de ahí provenía la tira blanca que encontré en mi mano.
    Por fin logré coordinar un poco más mis movimientos y deslizando de un lado a otro un pasador metálico pude abrir ese pequeño cubículo.

  22. Ejercicio “Amnesia”
    Allá en lo alto, más alto que los postes que rodean a las arterias negras de las ciudades, más alto que los bultos de agua suspendidos en el aire, encuentro una llama esférica que puede ser furiosa o apacible según la hora del día; de cualquier manera, me es imposible enfrentar mejilla y pestaña contra su llama. Tres segundos, acaso, aguanto y desvío las dos formas que tengo debajo de la frente que, por cierto, tienen el color de las nueces. Desvío entonces mis nueces, abro mi boca y escucho una voz: ¡ábrela!
    ¿Ábrela? ¿Á-bre-la?, ¿la que?, no escucho bien, pero sí distingo una superficie plana, obscura y triste. Yo juraría que esta superficie murió llorando. También juraría, por su olor, que la tierra alguna vez la abrazó.
    “Ábrela”, insiste la voz. Volteo hacia la llama, aparto mis nueces y respondo afligida que no, no puedo abrir: a los árboles muertos no se les toca.

  23. Sé que estoy en un lugar conocido porque huele a algo familiar, a algo que me invita a recordar las cosas que no recuerdo. A mi alrededor hay “cosas”, que en su conjunto son más altas que yo, montadas en estructuras de metal. Quisiera tomar alguna, siento que debo tomar alguna de esas cosas, pero no sé cómo hacerlo. Un hombre ha pasado y me ha dicho “este es el libro que me solicitó”, y me ha dado una cosa cuadrada y pesada. Lo he tomado, pero no sé qué hacer con él. En un lado del objeto hay unas marcas que apenas puedo entender. El hombre pasa de nuevo. Me mira. Dice: “¿No es el libro que solicitó? Recuerdo de las cosas elementales, escrito por Sergio Morabia”. No puedo responder. He olvidado cómo mover los labios. En mi cabeza retumban esos últimos sonidos: Sergio Morabia.

  24. Lugar inhóspito, nada sé, nada recuerdo. Un espacio en donde todo es color papel estraza, me desespera no saber qué objetos me rodean, hay montones de ellos sobre el piso, la mayoría casi llegan al techo, no tengo las más remota idea qué son y para que sirven, pero al abrirlos encuentro líneas y líneas que no entiendo, algunos son más grandes que otros. Percibo olores extraños que desprenden cada uno de ellos, tampoco ese olor me recuerda nada. Todos huelen distinto, unos están rodeados de un extraña forma transparente que los envuelve y otros se deshacen en las manos cuando los toco, parecen tener vida, pues se ven en las esquinas manchas con diversas formas que me atrapan y me asustan. Pesan tanto al levantarlos, parece que quieren seguir en este lugar sin que nadie los perturbe, no hay forma de salir, camino y camino entre todos ellos, me desespero porque no llego a ningún lado, entre más avanzo, me siento más perdido. Escucho ruidos extraños que no reconozco, me pregunto si alguien me acompaña en este lugar tan desconocido. Grito un grito de desesperación, pero no hay respuesta. Saldré en algún momento? no lo sé, ya no importa.

  25. Una uña gigante, de textura calcificada, sí eso es, allí algo con la forma que hago al sentir ansiedad, las dos manos muy juntas. Me echo hacia atrás, la uña gigante tiene en el centro un dedo, pero delgadísimo y larguísimo, que descansa en una especie de pulgar grande y muy concreto. Miro alrededor, un hueco espeso, como el que formo cuando hago que el pulgar y el indice se continúen, y allí dos manchas se vuelven cada vez más espesas… tienen brazos, manos, dedos, pero aquello parece pegado a un horrible conjunto, uno que se corona por una forma parecida a mi puño pero exageradamente más grande, y más espantoso, pues pareciera que tuviera hendida dos aberturas acuosas que no alcanzaron a sanar del todo, además de otra hendidura más abajo, y el espanto, un dedo pegajoso y rosado sale de otra herida ¿o serán los dedos acomodándose para formar el puño? . Creo que aquello dice palabras, algo de estar bien, algo de que en la mesa está la sopa.

  26. Me despertó un ronquido no muy lejano. Me encontraba en un espacio simétrico, con cuatro lados. Sobre el lado a mi derecha, un poco ladeada, se proyectaba una franja clara que surgía de una plancha entreabierta frente a mí; a los costados de esa franja todo era casi negro, tanto que no podía distinguir qué había dentro del lugar.

    Acostada en una superficie que rechinaba con el menor movimiento, sentí ansiedad, aquello que roncaba soltó esta vez un gemido agudo, seguido de golpeteos torpes pero acompasados que se aproximaban. La franja clara a mi derecha mostró la silueta de un ser humano, pero de menor tamaño. No quería mirar al frente y encontrar sus ojos o peor aún, no hacerlo.

    Otro gemido, casi llanto, un par de golpeteos, dos más acercándose a mis pies. La silueta se rascó la cabeza y dijo algo como “¿Mmmama?”. La superficie donde me encontraba se hundió levemente; el humanillo estaba más cerca. Una mano que apenas cubría mi mejilla, recorrió el resto de mi cara. Cuando su cabeza se inclinó rumbo a mi pecho, un aroma familiar hizo que me bajara la blusa y ofreciera una teta. ¿Mama? ¿Mamar? Sí, quizá a eso se refería la criatura.

  27. Siento la afelpada textura de este suelo debajo de mi, alzo la vista en este lugar extraño donde acaban de meterme, encontrándome con 3 seres largos y lampiños, que me miran con enorme atención en sus rostros, cada uno de una estatura distinta, usan largos volantes de tela sobre sus pieles y cuentan con un pelaje curioso que solo abarca la parte superior de sus cabezas, uno de ellos lo usa más largo que los de los otros cayendo en cascada a los lados de su cabeza, mientras que los demás solo cuentan con un mechón sobre la frente, acomodado en una ola ascendente hacia un lado.
    El ser más pequeño doblado sobre sí mismo sobre la superficie afelpada me lanza una esfera extraña que logro esquivar, la cual rebota en una de las patas de una tabla muy alta de madera que estaba detrás de mí, y a su vez regresa en un salto veloz hacia el rostro del ser mas grande que se reclinaba en un enorme objeto rechinable y acojinado con dos brazos laterales. El impacto le estrella uno de los dos círculos transparentes y reflejantes que descansaban sobre su rostro y deja escapar un alarido de furia que me hace erizar el lomo a lo que comienzo a gruñirle y a ladrarle sonoramente. El pequeño se suelta a reír junto con el de pelaje largo quien finalmente dice muy sonriente:
    —Esta bien, nos lo quedamos—

  28. Ahí enfrente está una señora que me mira con ojos pasmados. Está maniatada como yo. Tiene la boca torcida, llena de espuma, la baba uniendo su boca al entablado sucio del piso. Le susurro, pero cuando ella responde habla en voz muy baja. No la alcanzo a oír.
    Esta casa se me hace conocida, pero al mismo tiempo no. No se qué hace ella amarrada aquí conmigo. Me gustaría desatarme y llevarla a casa, que estuviéramos libres las dos. Aquí hace un calor intenso, como en el ático de mi casa cuando es septiembre. Sólo que aquí es más desagradable.
    Desde la ventana del ático se ve mi jardín con lavandas y gerberas, atravesado ocasionalmente por abejas. Desde aquí no alcanzo a ver por la ventana.
    La mujer de enfrente está cabizbaja. Con toda seguridad ha de estar pensando en sus hijos, quiere escaparse igual que yo.
    Cuando el sol amaina, llegan finalmente los captores. Siento un dolor ácido y sordo mientras sus pisadas se acercan. Uno corpulento nos pone en sillas. Nos gritan incoherencias, golpes, ruido, terror. La mujer y yo lloramos.
    No hay salvación. Cuando me cortan la mano, veo que la mujer de enfrente empieza a desangrarse.

  29. Palabras salen de sus bocas, dicen: “a su edad ese tipo de golpes tiene consecuencias fatales y entre ellas la pérdida de imagenes”. Han de tener razón, busco y busco dentro de mi, imágenes para nombrar las cosas y recuerdo claramente unas palabras: significado y significante. Ha de ser una burla, en mi pueden aparecer las palabras, sin embargo no encuentro las imagenes, pululan dentro de mi riadas de palabras: tiburón, tijeras, lampiño, Pink Floyd. Nada, las imágenes no aparecen, cierro y abro los ojos, desfilan letras: “hyredftybkiutder”. ¿Dónde pongo esas palabras? ¿Será eso una cuclilla? ¿Aquello una patente?
    El ritmo es abrumador, golpean fuerte, chillan en sonidos escudados detrás de letras, “tac, tac, tac, tac, tac: 010001111101…”

  30. La luz me enceguece por unos minutos, los objetos a mi alrededor parecen de otro mundo, tienen líneas, curvas, colores tan extraños. La iluminación dibuja sombras tenebrosas que parecen acercarse para devorarme.
    No podría siquiera imaginar para lo que sirve cada cosa con la que tropiezo, pero las imagino siniestras, malditas. La desesperación de no poder nombrarlas invade mi cerebro. ¿Viajé en el tiempo o a un mundo paralelo? Todo excepto mi cuerpo es extraño. Si no muero en este lugar seguro desapareceré en la nada que se ha convertido todo lo que me rodea.

  31. Abuelo dice que hombres y mujeres valemos lo mismo, pero la mujer vale el doble que el hombre.

    Quizá es porque él es moreno. O sea, su piel se ve del color del sol por la tarde, pero se ve que es moreno.
    Ella es verde, pero se me hace que es blanquita, y guapa, aunque el sombrero raro no la favorece.

    Pero eso no importa: el también tiene un sombrero feo, y el hombre con la mujer son feos, pero valen más ellos dos juntos que los otros dos al juntarse.

    Son como los de la leyenda que contó abuelo, androginus, que son personas como los dioses, y son hombre y mujer.

    Abuelo dice que hay un solo Dios, pero cuenta historias con muchos dioses.

    Deben ser androginus, si. Tía dice que son el Dios para los hombres malos.

  32. NARCISO

    Miro los azulejos del baño y entre ellos sobresale este cuadro incomprensible. La gente es extraña, yo no adornaría el baño con arte barato. Además parece opaco por el vapor que produce el agua caliente. Quisiera seguir en la ducha, pero esta rara decoración ha llamado mi atención. Intenté limpiarlo para que se muestre en su esplendor y me sorprendió verlo moverse como mi mano. Repetí la acción con los mismos resultados. Esto me inquieta cada vez más. Es vidrio inteligente que se mueve al mismo tiempo que yo, pero si salgo de cierto rango se convierte en azulejos y entra en estado de reposo.
    Estoy absorto frente a él ¿soy él?

  33. El espacio es sobrio y pulcro. Tiene un hueco arriba, creo que por ahí miraban las estrellas, aunque resulta incómodo hacerlo desde aquí, tal vez mi posición no es correcta. Para ser un antiguo observatorio resulta muy pequeño, aquí no caben dos personas. Es un lugar propicio para la reflexión, aunque algo frío. Ahí hay una ventanilla, tal vez por ahí se comunican lo científicos. No lo creo, es pequeña y opaca. ¿No será esto una prisión? ¿Acaso estoy encerrado aquí por terribles crímenes? Alguien golpea del otro lado. Pregunta si estoy bien. Si. Respondo firme y fuerte. Guardo silencio. Hay más personas. ¿Qué hago postrado aquí? Quisiera moverme, pero no puedo, no soy capaz de mover las extremidades. Entonces lo entiendo. No es un observatorio, es una prisión. Trato de levantarme, mis piernas no responden, una enorme ventosa blanca succiona mis intestinos. Por fin logro zafarme y caigo. Subo la ropa que esta a la mitad del cuerpo y me cubro. No podré salir por el hueco de arriba, es muy pequeño. Tengo que escapar. La voz del otro lado pregunta si voy a tardar mucho. Pendejo, como si fuera tan sencillo salir de aquí.

  34. -Fernández ¿está usted bien? Pregunta la gorda parada frente a mí. ¡Muéstreme sus pies!
    ¡Qué ignorante! Me llamo como me llamo, pero no Fernández. Figuras blancas y azules pasan frente a mí, deambulan entre susurros y murmullos infinitos. Ágilmente esquivan los obstáculos repartidos por doquier. Van y vienen, llevan extraños objetos en las manos y a veces me clavan alguno en el brazo. Hablo pero parecen no entenderme. Ahora quieren que me acueste sobre esa cosa blanda. Me niego. Me muevo y sin hacer ruido me alejo. Empujo y empujo esa cosa alta, dura y fría que se resiste. Arañas de luces caen sobre mis ojos lastimándome y allí está: es un enorme monstruo de boca abierta, tiene mil dientes blancos y negros y está parado sobre tres patas. Toco uno de sus dientes: emite un sonido agudo. Le presiono otros dientes y empieza a rugir, ¡Qué diferente a cuando se dejaba acariciar por mis dedos y emitía melodías! Ahora sobre su larga, oscura y brillosa carcaza mi rostro se mira en su rostro imitando.
    Las olas constantes empujadas por el misterio proveniente de fuera se han cerrado. Oscureció. Es mejor, así mis ojos ya no arderán.

  35. Blanco, poco a poco unas líneas de colores entran en mí. Hay luces y formas distintas; todas se mueven, vienen hacia mí. Tengo miedo.
    También, hay otras líneas que no puedo ver pero están aquí. A veces las siento, otras no. Pero me agradan. Cuando las siento los otros mueven estos. Después todo queda blanco de nuevo.

    Veo mucha luz, una luz grande. No puedo verla directamente.

    Veo otras personas, pero están más lejos de la Luz que yo y parece que se mueven con líneas que vienen de adentro suyo.

    Hay algo que está más arriba de mí, pero no tan arriba como la luz grande; se mueve, pero no tiene estos que tengo. Se parece a eso que está un momento arriba de esos que son tan altos como yo, o más altos, pero no se mueven y son del mismo color.

    Ahora no veo la luz grande. Comienzan a caer unas luces apagadas, me apagan a mí, apagan todo. Pero por alguna razón siento que no habrá más blanco.

  36. Una intensa luz lastima mis ojos. Trato de esquivarla, pero algo me sujeta y solo puedo a duras penas desviar la mirada. Conforme mi vista va adaptándose al incesante resplandor, me percato que constantes manchas rojizas se encuentran debajo de mí, irrumpiendo la claridad que todo lo inunda. Una profunda ansiedad me invade. Intento liberarme a toda costa, forcejeando y revolviéndome frenéticamente hasta lograrlo, cayendo en el acto. Permanezco inmóvil, sofocado por el impacto, hasta que la falta de aire va siendo sustituida gradualmente por un dolor agudo en mi cabeza. Tanteo una gran zona sin cabello, y justo a la mitad de ésta un surco. Al tratar de introducir uno de mis dedos el dolor aumenta, así que desisto inmediatamente. Una sensación húmeda impregna las yemas de mis dedos. Al mirarlos veo que tienen el mismo color que las manchas a mi alrededor. Me incorporo, derrumbándome varias veces en el proceso, hasta que consigo sostenerme sobre brazos y rodillas. Debo escapar, pero el lugar es pequeño y no logro distinguir nada que no sea el incesante color blanco que me rodea. Me dirijo arrastrándome hacia una de las intersecciones donde, temblando de frío y miedo, espero que algo suceda.

  37. Algo me sale del cuello, lo palpo. Es extraño, no duele. Espera, ¿que es esto? Hace un ruido molesto. Lo tomo entre mis manos y veo que me observa. Siento la misma punzada en el cuello, así que lo tomo con cuidado y comienzo a apretar. Su color cambia, ya no es tan blanco, el anterior era muy negro pero al final, descubro, ambos se han puesto purpúreos. Es maravilloso. El ruido es cada vez más sutil. Y entonces ya no hay ruido.

    Lo veo caer al suelo, lánguido y escueto. Me da asco. A este lo pisaré, quiero ver si este también huele dulce. Pero es Acre, me recuerda a mamá. Espera…Mis ojos se abren y veo la siguiente ofrenda. Las marcas de color en la base seguro indican su procedencia, características, no me importa. Hay suficientes para mermar la punzada. El piso hace ruido cuando me muevo y yo me deslizo paciente hasta la nueva oblación, esta me llama la atención, no hace ruido.

    Algo me sale del cuello, lo palpo, Es extraño, no duele, Espera ¿Qué es esto? No hace ruido, me molesta, pero huele dulce, entonces ¡la he encontrado!

    ¡Que dicha, que sabor, que alegría!

  38. Te encuentras de repente en una calle citadina. Llevas puesta ropa que no es tuya. Los edificios te parecen ajenos, los nombres de las avenidas no te suenan para nada. Oscurece, ya transitan pocas personas y sabes que debes moverte de ahí. Quieres correr, aunque por un momento olvidas cómo hacerlo; tienes las piernas flojas. Tampoco sabes tu nombre, ni dónde vives. “Mariana”, dirás ese nombre falso por si te preguntan. Aunque piensas que lo mejor es no hablar con nadie, qué tal si se enteran de que no recuerdas nada. Te sientes en peligro. Pueden asaltarte al verte sola. Apresuras el paso, dos hombres se aproximan y desconfías. Buscas en tus bolsillos algún objeto que funcione como arma. Hay una llave. Paras en la primera casa que ves y simulas abrir la puerta. Para tu sorpresa, abre. Los hombres se siguen de largo. Crees que exageraste, pero respiras aliviada, estás adentro. Las luces están apagadas, no hay nadie. El lugar te genera una sensación cálida, de paz. No esperarás mucho. Alguien entrará pronto, aún llorando, con una urna llena de cenizas y una placa de metal con tu nombre. Entonces podrás leerla y saber cómo te llamas de verdad.

    1. Este ejercicio llama la atención por el uso de la segunda persona. No describe tanto del entorno como de la acción, pero su remate es bastante eficaz para explicar la situación que está ¿viviendo? su personaje. Hacia la mitad, el episodio de la llave es un poco confuso, porque parecería apuntar a algo distinto de lo que realmente sucede y difumina un poco el entorno. Habría que revisar esa porción, aunque el conjunto funciona como una variación sobre un tema clásico de la narrativa fantástica.

    2. Este texto no narra tanto un entorno como un proceso mental, el personaje dice ignorarlo todo, pero el lector va descubriendo que puede ser que el propio personaje se engañe. Algo sabe y tal vez se niega a decírselo a si mismo. Esa técnica del personaje que no es realmente veraz aún en sus pensamientos privados es muy interesante. ¿Qué quiere ignorar, que desea que no se sepa, porqué es preferible el olvido a saber? La línea final, devastadora, nos lo responde. Excelente.

  39. Oí que el señor Ferretti gritaba. Entré en la habitación. Estaba todo desordenado.
    –¿Qué le pasa?
    –¿Quién eres tú? Dime. ¿Quién eres tú?
    –Tranquilícese.
    –¿Dónde estoy? ¿Qué es todo esto?
    –Usted es el señor Ferretti y yo soy Clara.
    –¿Ferretti?
    –Siéntese, señor Ferretti,
    –Sentarme.
    –Sí, en esa butaca. Voy a traerle una manzanilla.
    –¿Una butaca?
    –Ahí.
    Comprendí lo que había sucedido: el señor Ferretti había terminado el libro que había estado escribiendo. Me acerqué al ordenador. Allí estaba. Memoria personal. Sin duda todo había comenzado cuando le había dado a guardar. Me quedé un instante sin saber qué hacer. Finalmente, abrí el documento, seleccioné todo y lo borré. Le di a guardar. Envié el documento a la papelera de reciclaje. Iba a vaciarla cuando escuché una voz a mi espalda.
    –¿Qué haces, Clara? –me preguntó el señor Ferretti.
    –Nada.
    –Me duele la cabeza. Creo que estaba escribiendo algo.
    –Mejor será que siga mañana, señor Ferretti. Le iba a traer una manzanilla.
    –Sí, Clara. Me vendrá bien.

  40. Me estremezco, me estremezco y siento dolor en todo el cuerpo. La superficie donde estoy acostada es dura y fría. Sobre mí, lejos, veo a alguien, muevo una mano y le saludo diciendo “hola” y veo que al mismo tiempo se mueve su boca y su mano, pero no escucho lo que dice. Me toco la cabeza y la imagen lo hace. Me muevo y se mueve. Entonces se me ocurre que de alguna forma esa imagen, soy yo atrapada. Esa posibilidad me sobresalta y me aterra, la sorpresa me hace abrir los ojos y la imagen hace lo mismo, lloro y llora, me limpio las lágrimas y ella también lo hace… ¿quién y por qué me encerró ahí?
    Me calmo y veo que en la imagen no sólo estoy yo, sino todo lo que me rodea, se refleja la superficie en que dormí, y las paredes, son cuatro de un material gris, brillante y una de ellas tiene una división, a su lado hay unos círculos con símbolos, me levanto y voy hacia ellos, toco uno y siento que esto, sea lo que sea en que estoy encerrada se mueve, creo que sube, mi estómago se sume y en mi garganta siento el miedo, me hago un ovillo en la superficie en que estoy parada y cierro los ojos. Siento que esto se detiene y se oye un ruido, siento viento sobre mi rostro, no quiero abrir los ojos, ¡tengo miedo!

  41. Que importa si no sé que hacen en este lugar todos mientras descansan sus rodillas en almohadillas largas y hacen movimientos frente de si con una mano que se posa sobre su frente, su ombligo, su lado izquierdo y derecho a la altura de su corazón… su corazón… avanzo y observo sus caras compungidas como si padecieran un dolor milenario, auténtico y compartido por todos mientras miran dentro de sí como si los hermanara una especie de paz que no existe, que no ha existido nunca. Me muevo al frente de manera automática mientras acaricio el interior de mi bolsillo derecho en el que descubro aquel artefacto que se ajusta a mi mano como se ajusta un guante de látex a la mano de cualquier cirujano. Veo entonces a aquel tipo que va cubierto del cuello a los pies mientras les habla y les pone en la boca aquella oblea por la que están formados todos, esperando su turno. Algo en mi me hace posar la vista y me aferra la mirada en aquella especie de monumento que asemeja a uno de estos seres pero semidesnudo y colgando de manos y pies de aquellos clavos que están fijados en esa cruz de madera. De pronto todos se levantan y empiezan a mascullar palabras incomprensibles todos juntos a la vez, acto seguido se dan la mano, eso me atemoriza y me hace dudar sobre mi estancia en aquel sitio; pero aquel niño se me acercó demasiado, peligrosamente y antes de que pueda tocarme, algo se incendió en mi ser como iluminándome y saqué aquel artefacto con mi mano derecha mientras con la izquierda acariciaba mi orejera. Todos corrían y ahora si sentí que por primera vez corrían por sus mejillas, lágrimas producidas por un genuino sentimiento.

    1. Ahora que están “de moda” (tristemente) los tiroteos contra multitudes inocentes llevados a cabo por fanáticos, este ejercicio tiene una resonancia especial. Por otro lado, me parece que el texto no llega muy lejos a la hora de describir el entorno y se concentra más en las acciones del personaje, lo cual implica un riesgo, porque no está tan claro por qué ciertas palabras sí las conoce. Habría que reconsiderar la estrategia si se quiere usar en algún otro proyecto.

    2. Este es un texto de desconocimiento, de horror ante el otro. ¿Qué hacen todos esos otros en ese sitio? No importa, el personaje lo odia, sea lo que sea. Todo, para él, son gestos vacíos, hipocresía en una “una especie de paz que no existe, que no ha existido nunca.”
      En estos tiempos de violencia absurda, de locos que se han auto proclamado jueces y verdugos de todos, es interesante leer un posible proceso mental de los asesinos. El personaje cree que sólo las acciones provocadas por él y su arma son verdaderos. “Todos corrían y ahora si sentí que por primera vez corrían por sus mejillas, lágrimas producidas por un genuino sentimiento.”
      Terrible e interesante.

  42. Desperté con la cabeza sobre mi brazo que aún sigue adormecido y escurrido con mi saliva. Mi mano ha empezado a deslizarse de inmediato sobre una de las láminas que estaban bajo el brazo. Arrastra este pedazo de madera que sólo deja sobre ellas unas manchas que parecen tener algún orden: se ven alineadas, con espacios salpicados de manera tal vez aleatoria, tal vez artística. No sé qué le pasa, no se detiene. Algo la hace moverse sobre esto que llamaré lámina para hacer que la madera trace esto sobre ella. Parece experta por las otras láminas manchadas que están abajo; algunas tienen todavía mi saliva fresca encima. Quise limpiarla pero las manchas sólo se esparcieron. Me gustó que se rompiera su aburrida alineación, pero esperaré que mi mano termine de moverse antes de darles ese nuevo acabado. Pero algo raro está pasando pues siento que estas líneas tienen algo más que una simple forma, como que la traza va cobrando sentido mientras avanza mi mano. Mi cabeza está vacía, no me dice nada, pero mi mano está llena y aunque parece loca, algo me está diciendo con todas estas manchas no tan locas. Espero entender algún día su mensaje.

  43. El hombre puso algo frente a mí. Ten, dijo y se marchó. Observé a Ten largo rato; no habla, acerqué mi nariz: huele al mes de mayo antes de la lluvia. Con dos dedos le piqué duro, es más fuerte que mi dedo; pero si lo aprieto cambia, se vuelve delicado como una gota de agua. Está dividido uno, dos, tres… trecientos veinticinco cortes tiene Ten, 325. Lo conté cinco veces siempre son 325, en cada corte unas manchas negras como hormigas caminan de un lado a otro. Vea le dibujo aquí las hormigas:
    El hombre puso algo frente a mí. Ten, dijo y se marchó. Observé a Ten largo rato; no habla, acerqué mi nariz: huele al mes de mayo antes de la lluvia. Con dos dedos le piqué duro, es más fuerte que mi dedo; pero si le aprieto cambia, se vuelve delicado como una gota de agua. Está dividido uno, dos, tres… trecientos veinticinco cortes tiene Ten, 325. Lo conté cinco veces siempre son 325, en cada corte unas manchas negras como hormigas caminan de un lado a otro. Vea le dibujo aquí las hormigas:

  44. Camino respetando las líneas de las baldosas sobre la vereda. Es inevitable pensar en la desgracia, tan fácil, tan cerca. La mínima distancia que nos separa. Un pie mal apoyado y la nada. La gente a mi alrededor se distrae en celulares, relojes, mochilas, semáforos, cruces peatonales, en el tráfico; no atiende. Camino respetando las líneas de las baldosas sobre la vereda y llego hasta acá: un hombre me empuja, claro que sin intención. Trastabillo y caigo de rodillas. Hay un aturdimiento que hunde el aire. Mis manos apoyadas en una extraña geometría, ruidos articulados o estridentes, formas muy distintas que se mueven. No puedo nombrarlos. El mundo es nuevo, acaba de nacer. Vengo del otro lado de las líneas y creo que hay una palabra para esto, estoy casi segura que esto es la desgracia.

  45. Me estoy convirtiendo en un insecto kafkiano… o sueño una pesadilla… o soy un párrafo de un libro de ciencia ficción… todo está raro aquí…

    Esto se mueve horrible, y esta cosa que me envuelve… como telaraña… o capullo acaso? El cielo está hermoso y ese ruido de agua corriendo cerca me gusta; viento fresco, árboles tan cerquita de mí, en dónde estoy, como me salgo de aquí, está suave pero no se rompe. Tengo que guardar la calma, tengo que guardar la calma, debo recordar por qué estoy aquí, como llegué y cómo me salgo.

    Esto me puede servir para abrir un agujero y tratar de salir; ay, esto se mueve horrible… ¡Ay, esto está muy alto, estoy en el bosque, qué pasa!

    Le pego, le pego, le pego, ya va rompiendo esta cosa, le pego, le pego, le pego, ¡ay, me caigo!

    – ¡Despierten! Alguien se acaba de caer de una hamaca!

  46. Alguien debió advertírmelo pero no logro escuchar nada. El mundo era una tormenta: daba vueltas sin cesar y cuando por fin se quedó inmóvil me vi en medio de este inanimado y descolorido desierto donde no reconozco un solo objeto y apenas distingo los pliegues de las aves y el cielo. No sé se llegué hace un instante o hace una eternidad. Desconozco si estoy inerte, pero este vacío que siento me parece un viaje infinito. Llegué a creer que era sólo un pensamiento, pero la boca me sabe a tierra y tengo sed. Veo cerca de mí una sombra de pie que me acecha. Recuerdo vagamente mi respiración agitada y dos espejos: uno frente a otro y mi cuerpo al ser absorbido por un abismo que aquí me tiene postrado.

  47. Abres los ojos. Estás recostado en un sitio suave que te abraza con cariño. El cuarto está iluminado por una lámpara que descansa sobre una mesa de madera. Estiras los brazos, las piernas. Los huesos truenan debajo de tus músculos. Te enderezas. Las paredes están vacías. La única puerta que observas está cerrada. Haces a un lado los fantasmas blancos en los que estabas cobijado e intentas levantarte. El piso clava agujas de hielo en las plantas de tus pies. Sientes el frío en la quijada, tus dientes castañean. No puedes pararte.

    Bajas la mirada. A un costado de la cama reposan dos objetos. Parecen lenguas. De piel negra. Tienen un orificio que asemeja la boca de un muerto. Tienen en sus lomos un cordel que los aprisiona como si quisiera mantenerlos callados. O atados.

    Debes incorporarte pero el suelo es un desierto congelado. Las lenguas de piel no se mueven. Te acechan. Están esperando que des el primer paso. Reconsideras tu posición y te vuelves acostar. Cierras los ojos. Con suerte se habrán ido cuando despiertes.

  48. Alzo los parpados. Lo primero que percibo es una superficie dura y fría sobre mi espalda. Me levanto. Observo con asombro lo que me rodea en cada extremo. Hay cuatro enormes aberturas que finalizan en forma de arco donde en cada una podría pasar un gigante. El techo tiene forma de vértices que se concentran en un punto, el cual forma una punta angosta que pareciera apuntar al cielo. Si se mira con detenimiento cae una enorme cuerda que cuelga una forma ovoide gestada por pétalos de cristal donde reposan cúspides luminosas.

    El lugar desprende un olor algo penetrante sin ser hostigante. Flota el espíritu de la madera. A lado de las enormes aberturas con terminación de arcos reposan sobre la superficie unas figuras rectangulares en hileras como si fueran espectadores dejando libre la parte de en medio. El lugar está rodeado por custodios petrificados que casi podrían cobrar vida y tienen a sus pies pequeños tubos blancos con crestas brillantes. Sus miradas infligen dolor.

    Camino por la parte intermedia y al final hay tres escalones que subo. Me topo con un ser similar que esta incrustado en cada uno de sus extremos en un símbolo. ¡Qué horror soy yo!

  49. Mientras dormía se acontecieron delante de mis ojos un montón de imágenes. Imágenes tristes de su ausencia, tan vividas, tan reales. No sé qué significan. Pero la vi a ella, no podía hablarme, o no quería, se alejaba, oía su voz, sentía su tristeza arrastrarla mientras caminaba yo tras ella y le hablaba y no volteaba. A mí me dolía tanto. Esa misma tristeza me despertó. Así pase varios días, sin saber lo que sucedía mientras estaba dormido. Estaba consciente de que esto sólo ocurría en mis horas de sueño que parecían largas, pero eran tan cortas. Todo era más triste con el pasar de los días. Hasta que un día, en la vigilia, continuaba con esa situación muy clavada en la cabeza. Volviéndose algo real, palpable, cuando la vi y la seguí y le hable y…

  50. Con el sol a plomo sobre mi piel, froto mis ojos muertos que se niegan a responder. En busca de refugio, avanzo hasta que mis dedos palpan una textura lisa. Desesperado recorro la superficie y encuentro una protuberancia tibia; con cautela la manipulo hasta que cede al giro, y por el propio peso de mi cuerpo parece avanzar; y yo con ella.
    Escucho mis palpitaciones que me dicen: “quieto”. Sin embargo, mi cuerpo sediento y agotado me implorar avanzar. Con los brazos por delante, me adentro hasta que mis rodillas encuentran un estorbo que al golpe, emiten un sonido reverberante. Es posible que sea una área plana, en la que se hayan además, algunos objetos que me niego a descubrir, el miedo paraliza mis acciones. Afino los sentidos y escucho el rítmico ploc, ploc. Giro hacia el origen para saciarme. Esto es lo que realmente me anima.

  51. Bajé corriendo al sótano. Un vívido sueño acababa de despertarme y necesitaba ver algo. Mi padre siempre repetía los nombres de los artefactos ahí guardados. Nunca logré aprenderlos. Respiré profundo y me acerqué al instrumento que más terror me causaba: un armazón de madera de más de dos metros de alto. Era un cilindro hueco con forma humana. El rostro tallado me observaba con expresión de sufrimiento, cuando escuché el grito de mi pequeña hermana dentro del armatoste. Abrí una de las pesadas puertas y un escalofrío recorrió mi espalda. Estaba vacío. Miré los largos clavos fijados en la madera. Uno de ellos tenía una gota de sangre fresca a punto de caer. Incrédulo, me acerqué para comprobarlo. “¡No!”, escuché el grito de mi padre tras de mí. Caí dentro de la carcasa y la puerta se cerró con fuerza. “Por fin me vas a acompañar”, susurró mi hermana todavía de seis años.

  52. Algo molesta. Duele. No sé cómo, pero me penetra por la vista y me lastima. Todo está iluminado. De frente hay diversos objetos. Luego de acostumbrarme a la luz, me acerco a mirar a aquellos… no sé su nombre. Qué son. Para qué sirven. Que hago aquí. Me parece una estupidez que no sepa nada. Tendría que recordar algo del lugar en el que me encuentro y de lo que estoy observando. Sé que todas las cosas que miro tienen cuatro patas, aunque la palabra no arroje más que dudas a mi cerebro sobre su significado. Madera me llega a la mente. Sé que son de madera, pero encima de algunos objetos hay otros más que son de otros materiales más lisos, curvos, fríos, pero más pequeños. Muevo mis pies. ¿O son mis manos las que me desplazan? No tengo la más remota idea de lo que significan algunas palabras, pero una a una llegan a mi mente. Y entonces quedo frente a algo rectangular. Color oscuro, del mismo material que los objetos más grandes del lugar. La palabra áspera llega inmediatamente a mi boca. Sin embargo, en un extremo hay un artefacto redondeado. Liso. Desgastado. ¿Qué demonios es esto?

  53. – ¡Yo no la maté!- di un fuerte golpe en la mesa e intenté salir de la sala pero me lo impidieron.
    Estaba alterado, llevaba horas ahí metido intentando explicar que no era mi culpa. Estaba destrozado, pero los investigadores no creyeron ni una sola de mis lágrimas.
    – Ok – dije después de un rato – Contaré todo de nuevo.
    Los investigadores permanecieron callados.
    – Estaba dibujando, sin inspiración voltee hacia la ventana, buscándola. Entonces la ví, ella estaba desnuda frente al espejo, golpeando su cuerpo con una mirada confundida. Decidí contemplarla un poco más, sólo para asegurarme de que estuviera bien.
    Salió por unos minutos de su habitación y regresó con un cuchillo en las manos. Corrí a su departamento. Llegué muy tarde.
    Tenía cortes profundos en todo el cuerpo, tan profundos que juraría que puede ver sus huesos.
    Le pregunté que había pasado, ambos bañados en su sangre.
    Sus labios temblaron y entonaron muy suavemente “Olvidé que es esto que tengo encima”. Después no hubo nada más.

    Tiempo después comprendí que fue lo que ella olvidó. Demasiado tarde, supongo. Porque después de 30 años encerrado, tachado injustamente de ser un criminal, he olvidado qué es la cordura.

  54. Cuando aquel hombre me ayudo a pararme sobre mis pies de nuevo, estaba confundida y aturdida, parecía que todo giraba estrepitosamente a mi alrededor, antes de ponerme de pie, mis manos habían tocado algo fresco y suave que a la vez era pegajoso, no tan lejos se escuchaba un ruido tan fuerte que de alguna forma me tranquilizaba. Aparte de aquel ruido, entorno a mi podía ver y escuchar demasiadas cosas, cosas que pasaban por encima de mí, brincando de una lado a otro. Algunos haces de algo que me deslumbraba la vista pasaban por entre algo que se movía al compás de algo que tocaba mi piel al mismo tiempo que tocaba lo que movía. ¿Tengo que hacer algo? Todo era algo, alguien, cosas sin nombre, cosas… ¿Debería de conocerlas? El ruido que me tranquilizaba y me ensordecía, me llamaba, cuando llegué guiada por mis oídos, se abrió ante mí un algo único. No sabía dónde estaba, quien era o que hacía ahí, aun me sentía aturdida, pero en realidad no importaba, aquel ruido me hacía sentir tranquila, y todo lo que antes no tenía sentido, se amalgamaba de pronto para crear un todo que no necesitaba nombres.

  55. – ¡Yo no la maté!- di un fuerte golpe en la mesa e intenté salir de la sala pero me lo impidieron.
    Estaba alterado, llevaba horas ahí metido intentando explicar que no era mi culpa. Estaba destrozado, pero los investigadores no creyeron ni una sola de mis lágrimas.
    – Ok – dije después de un rato – Contaré todo de nuevo.
    Los investigadores permanecieron callados.
    – Estaba dibujando, sin inspiración voltee hacia la ventana, buscándola. Entonces la ví, ella estaba desnuda frente al espejo, golpeando su cuerpo con una mirada confundida. Decidí contemplarla un poco más, sólo para asegurarme de que estuviera bien.
    Salió por unos minutos de su habitación y regresó con un cuchillo en las manos. Corrí a su departamento. Llegué muy tarde.
    Tenía cortes profundos en todo el cuerpo, tan profundos que juraría que puede ver sus huesos.
    Le pregunté que había pasado, ambos bañados en su sangre.
    Sus labios temblaron y entonaron muy suavemente “Olvidé que es esto que tengo encima”. Después no hubo nada más.

    Tiempo después comprendí que fue lo que ella olvidó. Demasiado tarde, supongo. Porque después de 30 años encerrado, tachado injustamente de ser un criminal, he olvidado qué es la cordura.

  56. Primer ejercicio
    Veo, hay alguien enfrente. Es algo que se mueve, redondo, con dos mitades igualitas. En cada mitad de aquello que se mueve existen dos bolas redonditas, que van de un lado al otro, a los lados parejito, para allá y para acá. Las dos mitades de aquello que se mueve, están pegadas por una estructura alargada de arriba para abajo y con una zona roja como mancha que baja y acaba aquí, la estoy mirando. Aparecen dos masas con largas, una en cada lado, que tienen muchos hilos que se mueven, se acercan y se alejan. Se parecen, tienen dos pequeños cordones o hilos que se tocan, pero también los otros hilos de las masas o de las bolas se parecen. Primero los pequeños cordones y luego otros tres. Son altos y chaparros y un cordón mira a los otros. Se elevan y se van hacia con eso que tiene dos mitades igualitas. Las masas con cordones se van con lo que mueve y tiene dos ventanas redondas.
    Esas masas con cordones ya no están enfrente.
    Algo que molesta. Son las masas con largas extensiones que ahora molestan y no veo.

  57. Casi podría jurar que soy yo, pero obviamente no puede ser, no hay manera de existir dos veces ¿o sí? Si tan solo pudiera pasar o él venir, pero esta extraña ventana es tan presente, tan impenetrable; el también quiere entrar, lo intenta igual que yo.

    Tiene la cara triste, debe sentirse muy solo, atrás de él no hay nadie.

    ¡Pero que tipo tan chocante! No hace más que verme. Está decidido, me tiene harto, le voy a dar la espalda, no lo quiero volver a ver.

    1. Creo que lo que más me gusta de este ejercicio en particular es que se las arregla para incluir humor en el relato, a la vez que deja perfectamente claro cuál es el objeto que el narrador tiene delante y que no comprende ni puede nombrar: un espejo. Logra representarlo, sin nombrarlo, a través de las reacciones del personaje. No será tal vez la única manera posible, pero es una muy eficaz: el texto es comparativamente breve. Muy bien.

    2. Me gusta de este texto su brevedad contundente. El personaje está ante un espejo, pero eso no importa, sólo lo que fe, no una imagen si no un hombre tras un vidrio, una ventana mostrando a un irritante otro., que sólo observa. Si no recordamos nuestro rostro lo que vemos es a un desconocido. Y puede no caernos bien a primera vista.
      Divertido, corto, contundente. Muy bueno.

  58. Primer ejercicio
    Veo que hay alguien enfrente. Es algo que se mueve, redondo, con mitades igualitas. En cada mitad de aquello que se mueve existen dos bolas redonditas, que van de un lado al otro, a los lados parejito, para allá y para acá. Las dos mitades de aquello que se mueve, están pegadas por una estructura alargada de arriba para abajo y con una zona roja como mancha que baja y acaba aquí, la estoy mirando. Aparecen dos masas con largas extensiones, una en cada lado, que tienen muchos hilos o cordones que se mueven, se acercan y se alejan. Se parecen, tienen dos pequeños cordones que se tocan, pero también los otros cordoncitos de las masas se parecen. Primero los pequeños cordones y luego otros tres. Son altos y chaparros y un cordón mira a los otros. Son el chiquito, luego otros tres y luego el gordo y chaparro. Son así en cada masa. Se elevan y se van hacia eso con mitades igualitas. Los cordones van enfrente y se acercan a las ventanas redonditas.
    Esas masas con cordones ya no están enfrente.
    Algo que molesta. Son las masas con largos cordones, me molestan y no veo.

  59. ¿Qué te pasa, en qué te puedo ayudar? Ese objeto me habla, dice cosas que no entiendo. No para. Hace un rato, creo, logré tumbarlo lanzándole algo pesado que hallé cerca de mí. Aún así, no calla, puedo oírlo aunque me tape los oídos con las manos Algo de mí se va muriendo… quiero vivir, quiero vivir

    El otro es peor.

    Me sigue con sus ojos azules y su media sonrisa Jamás, jamás he dejado de ser tuyo Se me cierra la garganta y el terror, líquido, se escurre por mi cara. Camino de un lado a otro, palpo, busco en las esquinas, quiero escapar. Frente a mí, lo recorro Por amor tengo el alma herida Ese de allá o calla mientras este no se mueve y sigue ahí, con su cabello oscuro y sus cejas anchas. Entonces lo decido. Puñetazo en el centro de su rostro. Dolor, mucho dolor. El hombre sigue mirándome fijo con sus ojos y su media sonrisa, no cambia nada. Caigo. Siento más terror que antes Siempre se repite la misma historia

  60. Amnesia
    No sé como llegué a encontrarme en esta situación. Un parpadeo bastó para estar repentinamente entre un grupo de seres que emiten ensordecedores ruidos con sus bocas y hacen chocar las palmas de sus manos para aumentar el barullo. Es un frenesí alarmante que me asusta y desconcierta porque no sé qué es lo que hacen y qué es lo que debo yo hacer. ¿Debo imitarlos o salir corriendo? Las criaturas en su mayoría son más bajitas que yo, bien podría derribar a una o dos, pero el grupo es numeroso y de proponérselo ellos podrían someterme con facilidad. Sobresale uno, no por su tamaño sino porque lleva los ojos cubiertos con un lienzo, camina con dificultad dando pasos sin rumbo fijo. Con sus dos manos sostiene un objeto alargado y cilíndrico, un artilugio que debe ser muy peligroso pues la ronda de personas se abre cuando ven el arma aproximarse. Me da la impresión de que quien lo empuña no quiere hacerle daño a sus congéneres, al contrario, parece escuchar instrucciones. El objetivo es una objeto brillante que vuela sobre la cabeza de la pequeña multitud, tiene picos y centellea. Ese es el verdadero enemigo al que quiere derribar.

  61. En el centro de aquel primer objeto grande y plano de cuatro brazos, había un objeto que pretendía ser una esfera, pero su textura rugosa y su acabado ovoide lo hacían asimétrico. Lo toqué; era de un color muy oscuro, parecía ser una cubierta protectora aquel material negro y rugoso. Sin embargo, parecía lo suficientemente suave como para ceder ante mis manos. Lo rasguñé, sin mucho éxito. Lo mordí, y una parte de la coraza oscura se levantó, revelando un interior suave, de un color brillante. A esa masa interna le clavé un dedo, se hundió con facilidad; olía a agua. Seguí con la exploración del interior de aquel objeto hasta que llegué a un centro sólido. Deshice la cubierta negra y la masa de color brillante, para tener acceso a aquella esfera dura, color tierra. Este orbe también tenía una recubierta delgada, que quité con araños. Ahora estaba llena de aquella pasta verde, pedazos de coraza negra, y esa misteriosa esfera que parecía ser el centro mismo de su pequeño mundo.

  62. “Tacones… una mujer viene hacia ti, pero no dejes que te interrumpa, Fernando, haz como que lees bajo este sol de los infiernos… ¡Concéntrate, animal!”.
    —Disculpe, ¿qué hora tiene?
    —Son las…
    “¡Cómprese un reloj y deje de estar chingando! Hasta para saber la hora la gente es mediocre…”.
    —Son laaaaas…
    “¡Qué pendejo estás, Fernando! Llevas leeeeento toda la mañana. ¡Dile la maldita hora! Ahí están los palitos acomodados, el segundero cambiando y la hora fija…”.
    —Disculpe, señora, ¿podría ver la hora en mi reloj? Es que no traje mis lentes para ver de cerca…
    —Claro… Muy amable, señor.
    “La excusa más estúpida… ¡con tu libroooote en la mano y no puedes ver de cerca! Lo que en serio no puedes hacer es usar el intelecto. ¡Maldito sol! Mira tu reloj. Tú puedes hacerlo. Ahí están todos los números: dos palitos forman un palo más grande, cinco palos forman un gusano, dos puntos, cinco palos son un tenedor y otros cinco palos forman otro gusano como en espejo… Sí que eres un animal, Fernando, no mames… un palo, un gusano, un tenedor y otro gusano… no mames… soy un pendejo”.

  63. Tu cuerpo inerte desapareció al final del pasillo. La gente me pregunta que cómo me siento y yo respondo de mala gana, sin embargo, me detengo, respiro y me hago la misma pregunta. De pronto, todo se vuelve enigmático, impronunciable. Me han dicho que ha muerto. Sus miradas vidriosas me cuestionan. Pero nadie dice nada. Sólo se marchan, como los recuerdos de la infancia. Me agarro los cabellos, ¿qué hacen todas estas personas aquí? Quiero irme, así que busco la salida. Pero mi deseo es interrumpido por un hombre que dice ser policia. Aprieto la mandíbula. En ese momento recuerdo algo: hoy es viernes.

  64. Al entrar sentí un calor distinto al que emana el sol. Afuera estaba oscuro, pero en ese sitio la luz era casi cegadora. Llegué hasta ahí por un aroma dulzón que me alcanzó hasta el sitio donde aún tomaba la siesta. Con los ojos todavía medio cerrados pude ver que el amarillo era el color predominante. En medio del lugar había un objeto rectangular cubierto con una tela floreada. Alrededor, un montón de criaturas inertes colgaban de los muros. Algunas eran parecidas entre ellas pero todas de distintos materiales: plástico, barro, metal.  Más adelante un tipo de caja sobre la cual, de la manera más extraña y enigmática, había fuego. Esta hacía de base para un cilindro de metal dentro del cual había una especie de masa blanca. De ahí nacía el delicioso aroma que me hizo ir hasta aquel lugar. Cuando estaba a punto de probar aquella masa viscosa, una anciana entró por una puerta que no había visto y me dijo contundente: ¡siempre es lo mismo contigo, no lo pruebes que todavía no está cocido!
    Jamás una desconocido me había hablado como si llevara toda la vida viviendo con ella.

  65. ¿Son amigos o enemigos?, si me muevo ¿se moverán?, si se mueven ¿atacan? Eso… son ojos ¿no? Hacen lo que yo hago, observan sin emitir sonidos y sin moverse. Una duda me asalta tan repentinamente que no me controlo, un movimiento brusco y descubro que mi cuerpo es otra cosa distinta de ellos. Devuelvo la mirada rápidamente, con el miedo de haber cometido alguna clase de daño irreversible al equilibrio existente. Nada pasa. Me animo a dejar de vigilarlos. No sé cuánto tiempo quedé absorta en mi propia existencia y en mi cuerpo, ya un poco más familiarizada con él. Comencé a conquistar terreno y a acércame a los otros. Casi todos eran pequeños, por lo menos más pequeños que yo. Que osadía fue tocarlos. Eran suaves y ya no quería dejar de tocarlos. La osadía fue mayor, tomé uno entre mis manos, no pude con el éxtasis de ese atrevimiento, mis manos actuaron con un ánimo bestial y estrujaron a la criatura que inmediatamente chilló. Sentí miedo, lo arrojé lejos mientras intentaba huir. No di más que un paso, tropecé, sentí un golpe fuerte y ya no supe de mí. Cuando desperté, miré a mi alrededor ¡qué tiradero! Mi hija se ha ganado un merecido regaño por dejar todos sus peluches tirados.

  66. En mis manos tengo un bloque sólido con rectángulos de papel unidos en una de sus orillas, como las hojas de los árboles unidas al tronco. ¡Ay! ¡cortan! Por un momento, al ir separando sus hojas, creí percibir como la oscuridad se reacomodó y formó manchas de tinta que se convertían en letras, palabras, oraciones y párrafos. Todo fue en menos de una fracción de segundo, y admito que, quizá, mis sentidos me engañaron.

    Adentro del objeto hay un bosque oscuro, lluvia y un hombre perdido. Relámpagos en una noche de luna nueva. El hombre se aferra al recuerdo de un poema luminoso y cruel. Las palabras llegan a mí con la velocidad de una flecha tan precisa que me produce un dolor limpio y profundo. Esto duele más que la pequeña herida que me hice con el filo de las hojas.

    Levanto la vista y no alcanzo a ver donde terminan los anaqueles con miles de objetos similares al que tengo entre manos. Están acomodados con esmero y, supongo, con alguna lógica. Siento el vértigo de quien está a la entrada de un laberinto sin fin, el paraíso o un abismo de locura.

  67. Y bueno, yo hice lo que todos. Agarre como pude el objeto blando, tenerlo entre los dedos era cálido. Era como un papel redondo, amarillo, enrrollado. Adentro tenía algo verde y resbaloso, trozos de algo café (que cuando introduje a la boca era sabroso), y no sé qué tanto. Me gustó, pero la cara se me puso colorada. El chiste es que todos me decían “pero si eres mexicano”. Yo nadamas los miraba mientras introduciamos en la boca aquello, ni siquiera quería preguntar qué era o qué tenía adentro. Estábamos felices.

  68. Ella me dice que soy su corazón, pero yo no la conozco. Cierro los ojos para abarcar un poco más la neblina espesa que inunda la habitación. Estoy perdido en una bruma de recuerdos. La extraña aprieta un botón, y la intravenosa suelta una descarga de líquidos entumecedores.

    Siento la presión correosa de su mano acariciándome el cabello mientras intento rechazar el contacto, sin saber por qué. Mi cuerpo se queda inerte, entumecido por la inquietud que le inspira esa sonrisa de labios delgados. ¿Cómo se llama esta sensación horrible que su voz despierta en mis tripas?

    Ella susurra tranquila mientras dos mujeres vestidas de blanco me desatan de la cama y preparan una silla de ruedas: “Cálmate, amor. Sufriste un accidente. Intentaron volcar la camioneta para secuestrarte, pero ya pasó, no te van a hacer nada. Vamos a casa.”

    Salimos por el pasillo hacia un automóvil negro con vidrios templados. Ella firma papeles y despide a las mujeres de blanco. Sube al auto, cierra la puerta y me mira con su risa macabra. Grito, pero mis labios no responden.

    Entonces, comprendo. Ella les dijo que soy su corazón, pero yo no la conozco. Lo que siento se llama miedo.

    1. Este ejercicio tampoco describe mucho el entorno, aunque funciona como una narración de suspenso o policial bastante eficaz. Lo que me llama más la atención es que, una vez más seleccionando qué sabe el narrador y qué no, la intriga recuerda mucho a la de una novela muy interesante: “El glamur” de Christopher Priest. Tal vez serviría leerla para ver cómo, seleccionando la información, se puede sostener una perspectiva limitada y desconcertante durante un libro entero.

    2. Este es un relato policíaco, que nos da la información a gotas. El personaje, incapacitado por las drogas, está indefenso ante quien habla en su nombre ante enfermeras y doctores. El personaje rechaza incluso una caricia de alguien que lo cuida en el hospital. No entendemos al personaje. Hasta las líneas finales cuando se aclara que es un secuestro, que la mentira funcionó, para los doctores y para el lector por unas líneas. Muy bueno.

  69. Era pálido, como del color de la luna. Rígido aquí, en estas uniones, donde algo seguía un ritmo suave, regular, un zumbido monótono desde el centro; blando en esta otra, donde llegaba a sumirse tanto que creí que pronto me atraparía. Era muy extraño ver y sentir todo aquello. Me dio náuseas y tiritaba cada que le observaba y sentía. Era húmedo aquí, apestoso, como a sal, a cebolla; seco de este lado, lleno de delgados brotes grises, diminutos y que al tirar de ellos crecían un poco, se desprendían. Grotesco, gracioso. Sin forma aparente. Dos blancos orificios que abren y cierran; otros, donde sale una leve brisa. Dos salientes, protuberancias a cada lado, en este extremo. Algo como vegetal, delgado, suave, largo y negro que crecía en la zona más dura… Ah. Oh.
    Aaahh!
    Shh…
    No.
    Espere.
    Alcé la vista. Me observé. Me supe idéntico.
    Una antropofanía

  70. Acabo de despertar y tengo sabor a vómito, no recuerdo nada de lo que pasó –aunque lo intuyo-. Necesito algo para quitarme este sabor de boca, más bien necesito algo para este dolor de cabeza infernal.
    Mi primer intento por levantarme fue inútil, pero en un segundo esfuerzo descomunal lo logré. Miré a mi alrededor pero no reconocí ninguno de los objetos que había allí.
    “Qué extraño. Hay unos objetos sobre la mesa que se me hacen familiares, pero no entiendo para qué son: un recipiente de vidrio con unos huequitos y lleno de cenizas, unos papeles casi transparentes, un objeto de vidrio que creo que me puede servir para algo… es cierto, creo que ahí puedo depositar algo líquido que me quite esto.”
    También había un sobre que traté de sacudir y al parecer tiene un polvillo en su interior.
    – Creo que es bastante arriesgado pero lo intentaré- pensé que era la única solución.
    Fui al baño, abrí el grifo del agua, vertí el contenido del sobre en el objeto de cristal.
    “¡Dios mío! Espero que esto me ayude y si me mata, por lo menos ya escribí una nota para el primero que llegue a este sitio”.

  71. Lo colocaron en frente de mí en un recipiente transparente casi cilíndrico. Era también transparente. Al tomarlo con la mano se balanceó de acuerdo al movimiento creando pequeñas ondulaciones. Quedé perplejo. ¿Qué era esa sustancia que no se quedaba quieta? No parecía comportarse como todo lo demás a su alrededor. Parecía tener sus propias reglas. Moví el cilindro trasparente en círculos y esta extraña cosa saltó hacia mi mano y continuó moviéndose hacia mi pantalón en donde desapareció dejando una peculiar mancha. El terror se apoderó de mí. ¿Me encontraba en peligro? ¿Qué debía hacer en esta situación? Comencé a temblar sin control y esta cosa me atacó violentamente y cubrió toda mi mano. Lo aventé y salí corriendo. Mi mano se ve igual que antes pero parece que estoy perdiendo el control de ella. La sustancia desconocida parece haber entrado a mi cuerpo. ¿Acaso moriré?

  72. Dolor en… deseo de saciar… me extiendo y me contraigo, golpes dentro de mi, presión, no percibo nada más,necesito saciar. Me despliego, busco, algo me atrae por su olor y si forma, me acerco lo llevo hacia mi, dulce, acuoso, me relaja, ahora la necesidad se fue, poco a poco puedo percibir mas cosas y sonidos, algo suena muy agradable, ahora lo veo proviene de algo pequeño que emite luces, casi hipnotizante, lo tomo y es vibrante sus colores me invitan a tocarlo es algo maravilloso y atrayente. Lo toco siguiendo el color que resalta más. El hermoso sonido desaparece, escucho algo que proviene del pequeño objeto, otro sonido pero es distante lo acerco más para poder distinguir mejor. El sonido suena algo así… “Tranquilo todo estará bien. No te muevas de donde estás”. El sonido no es como el otro, este suena preocupante, no me gusta, dejo el pequeño objeto. ¿Que es eso? Entre todo lo opaco hay una grande y hermosa luz, me aproximó es lo más hermoso que he visto, pero algo me impide ir, preciosas imágenes se vislumbran hacia abajo, deseo ir. Pero algo me impide ir. Lo golpeó parece endeble. Me alejo y me precipitó hacia el rápidamente. Duele, algo escurre de mi su color es increíble, pero lo que me impide ir hacia abajo parece que a la próxima cederá, me alejo aún más y me aproximo aún más rápido. Duele mucho, y el sonido es horrible pero ahora voy a gran velocidad hacia abajo y es maravilloso.

  73. Tenía miedo de quedarme sola en medio de todas estas cosas que me recuerdan la vida de antes. Bueno, recordar es un decir. La realidad es que no sé con certeza para qué sirve cada una. Lourdes, mi hija tenía que irse: «No toques nada», me dijo como se les dice a los niños. Pero sí toqué. Sí apreté. Moví los botones. Solo quería un poco de café. El café no se me olvida. ¿Será la buena memoria de la lengua? Así que busqué en todas partes; primero, en la caja negra. Creo que se llama 10 YEAR WARRANTY, son las letras más grandes que tiene en la superficie. «Lo llamaré 10, es más corto» -pensé. 10 tiene toda la comida que te puedas imaginar: papas, palomitas, cena congelada, vegetales frescos, queso fundido, comida para bebé, y no tiene café. ¡Increíble!, ¿cierto? Después le pregunté al objeto blanco, casi de mi tamaño, que si sabía dónde guardaba Lourdes el café. No respondió. No cabe duda que hay objetos maleducados y engreídos. Entonces, me senté a pensar y pensar y pensar un buen rato. Lo único que se me ocurrió fue tocar, apretar, mover. De pronto, la respuesta estaba ante mis ojos, una bolsa con las palabras: café soluble apareció detrás de una puerta de madera, le pegué con fuerza hasta que se abrió. Solo era polvo.

  74. Estaba sentado en el portón, cuando recordé la necesidad de levantarme. Hacía un sol asfixiante, un animal estaba echado bajo la sombra del letrero que pusieron en lo alto de la calle central.
    En la casa ambulé de un lado a otro, leyendo los letreros y tratando de recordar algo en ellos. Me desesperó la búsqueda rápidamente, así que me senté fatigado, frente a un mueble con muchas cosas acomodadas.
    Entre las cosas había una que no tenía letrero, había algo dentro que se movía al compás de mis movimientos. Era resbaladizo y no olía a nada. Jugué con él entre las manos, pero se escapaba como animalito, como aire. Fue al chuparme el dedo, cuando quedé extasiado. Sentí cómo se movía por mi lengua, resbalando suavemente. No sabía a nada, pero era todo. Lo ingerí devorándolo, corría por mi garganta con calma, velocidad y alivio. Al tragarlo sentí ganas de llorar, de reír, de morirme dentro de él. Era como si una ráfaga de viento atravesara mi cuerpo, desde la cabeza hasta los pies. Me llené de él hasta sólo dejar pedacitos resbaladizos por mi boca.
    En medio de este olvido, ahora sé por qué el letrero de la calle principal dice: “Dios existe”.

  75. Llegaba al recinto de las letras secretas en las primeras horas del día, cuándo el gran astro de luz aún no se asomaba por los cielos, al ingresar al pequeño edificio que me recibía gustoso, recorrí los pasillos rosando con la yema de mis dedos el costado de esos seres mágicos hechos de papel y tinta, seres capaces de introducirse por tus ojos para apoderarse de la mente, llevándote a mundos fantásticos sin mover un solo pie del suelo.
    Cuánto amo trabajar en éste palacio, resguardando las letras para esas mentes curiosas que caminando entran listos para abordar una aventura capaz de saciar el hambre de la bestia interna de la curiosidad.
    Sea bienvenido un nuevo día para dejarnos soñar.

  76. Dicen que tu mundo puede cambiar en un pestañeo, ahora lo creo. Me había plantado ahí segura, como siempre, pero en un momento esa mujer que hasta ese momento fui, se desvaneció. Solo quedó un maniquí desdibujado con la boca abierta queriendo solicitar algo sin saber qué, intentando que las palabras salieran de la garganta pero solo el silencio y la saliva se acumulaban sin entender. La charola estaba dispuesta ahí para mí, para todos. Llena de figuras diversas y colores encendidos. Volteaba a ver esa figura cubica morada y esas pequeñas laminas queriendo nombrarlas sin poder hacerlo. Las quería, las necesitaba pero ¿por qué? No lo sabía, mis ojos iban de un lado al otro de la charola, se detuvieron en una especie de tornillos blandos como gusanos albinos, en una fugaz imagen me vi con ellos entre mis labios y me llené de asco y repulsión. ¿Fue un deja vu? Volví en mí, la mujer del otro lado de la barra me veía intrigada. Me alejé rápidamente sintiendo un hueco en el estómago. No sé la razón pero regresaba cada día a la misma hora, cada día más famélica, más encorvada, con el hueco en el estómago.

  77. Dos Objetos

    ¿Tenía Objeto 1 conocimiento de Objeto 2? Cómo, si en las noches algunas cosas pierden sus nombres y nadie se salva.
    Objeto 1 se parecía a mí y se movía como sus semejantes. Objeto 2 le besó la nuca, dejando tras de sí un ruido ensordecedor. Objeto 1 se abandonó al piso.
    Yo encontré hace rato a Objeto 1 en sueño perpetuo, en la noche, en la carretera. Bajo de sí una alberca sabor a hierro.
    Me encontraba arrodillada; el rostro exánime.
    Y a lo lejos, intermitencia de luces: rojo, azul, rojo, azul.
    Dicen que en conticinio a todas las cosas le son devueltas sus nombres.
    Solo espero.

  78. Dos Objetos

    ¿Tenía Objeto 1 conocimiento de Objeto 2? Cómo, si en las noches algunas cosas pierden sus nombres y nadie se salva.
    Objeto 1 se parecía a mí y se movía como sus semejantes. Objeto 2 le besó la nuca, dejando tras de sí un ruido ensordecedor. Objeto 1 se abandonó al piso.
    Yo encontré hace rato a Objeto 1 en sueño perpetuo, en la noche, en la carretera. Bajo de sí una alberca sabor a hierro.
    Me encontraba arrodillada; el rostro exánime.
    Y a lo lejos, intermitencia de luces: rojo, azul, rojo, azul.
    Dicen que en conticinio a todas las cosas le son devueltas sus nombres.
    Solo espero.

  79. Foog
    Hola, que tal, estabamos muy preocupados por usted. Ayer lo encontramos en la playa.
    Apenas podía controlar sus movimientos, paseo su ojos por la habitación, tratando de reconocer algo, era inutil. ¿Hola, hola? ¿Todo bien señor? Dijo una mujer que lo miraba con preocupación. Lo encontramos inconsciente, con un bastón en las manos. ¿Bastón? ¿Qué es un bastón?, se pregunto recorriendo nuevamente la habitación. ¿Y esa mujer? ¿quién era?. Lo siento no me he presentado mi nombre es Fanny, Fanny Stevenson. La mujer parloteaba y apenas podía entenderla. Usted se encuentra en una isla. ¿Isla? No sabemos como llego aquí, porque. ¿Qué hacía ahí? Su bastón. Dijo la mujer extendiendoselo. Él lo tomo y empezo a darle vueltas, con el fin de descubrir su uso. Como le decía, yo vivo… mi esposo. Dos iniciales H.J., las cuales no le decian nada. Él es escritor, tal vez a leído algo de él, Louis Stevenson. ¿Louis Stevenson? Y entonces un gatillo se acciono dentro de él, emergio el hombre que transportaba dentro y recordo el uso del bastón. Sonrio y miro directamente a la mujer. Claro que lo conozco, mi nombre es Edward, Edward Hyde.

  80. Tan cuadrado y monocromático, dista cantidad de las líneas, los tonos y las expresiones muy tuyas, y aún así, le suplicas algo, con apego, con ternura. Su boca revela lo contrario, llamas danzantes, caverna mística, un viaje en el tiempo y la materia que trasmuta.
    Tus manos se introducen en las blancas arenas de un pequeño volcán.
    “Siempre hay una espera” me dices y sonríes, tus ojos y algo en mí , se impregnan inevitablemente de un aroma castaño.

  81. El calor.
    Estoy atrapado, rocas enormes me rodean, una de ellas, la de arriba, me asusta. De alguna manera tengo la impresión de que en algún momento caerá sobre mí. Un agujero en la roca me arroja calor por ratos. Quiero salir a buscar el calor, pero a pesar de que las rocas me asusten y más la de arriba, me asusta más buscar el calor. Cierta ocasión lo intente mirar fijamente y extrañas hadas flotaban sobre mis ojos, que al intentar atrapar se desvanecían.
    Por las noches tengo visiones, en ellos las rocas son más altas que las montañas y están llenos de agujeros, pero lo peor de todo son esos animales o quizás demonios que están por todas partes. Me siguen con la mirada.
    Creo que la roca de arriba está cayendo, al intentar tocarla creo que está más cerca de mí. Necesito salir de estas rocas, aunque todo lo que conozco es el fuego negro que se mueve como mi orina por la pared.
    Cuando calor viene y cuando el calor se va, de la piedra más fría brota orina transparente, sabe bien. Cierro los ojos al llevarla a mi boca, pues temo ver sus ojos.

  82. Tiene Dos meses que desperté de ese largo sueño, ya me explicaron que es el sueño:
    Ya se me los números del 1 al 1000, así que 2 es un número.
    Mes son 30 o 31 días juntos, 30, 31 también son números, y junto es que está a un lado.
    Sueño, es cuando tus ojos, las bolas blancas con negro que tienes en la cara que sirven para ver, se cierran.
    Día es cuando la bola de luz del cielo, brilla con las nubes, nube es algodón volando, y algodón es una planta.
    Planta es un ser vivo, pero sin brazos ni piernas y de color verde, no habla y nos da aire para respirar; respirar es comer aire, aire es eso invisible que sientes en los cachetes cuando corres en donde hay muchas plantas.
    Duro es como esas cosas que están en la ventana, de color gris, fuertes y frías, que les pegas y hacen un “cling” los cuadrados suaves de los lados, son igual de suaves que el piso, nunca me ha pasado nada, cuando estrello la cabeza contra ellos, no como la ventana, que ya tiene manchas color rojo.

  83. Es un lugar extraño. Es compacto, como una cápsula. Tiene una puerta. También una especie de cilindro con un cuenco encima, es de color blanco y bastante sólido. Tiene un agujero en el fondo del cuenco, abismo negro y diminuto, tapado parcialmente por lo que parece ser una cruz plateada. También hay un tubo, erguido y encorvado sobre el cuenco, como si contemplara el pequeño hoyo debajo. A los lados del tubo, dos estrellas plateadas se encuentran reposando, mirándome. A un lado de el cilindro y el cuenco, se encuentra otra forma cóncava, ésta última más profunda y grande, así como su respectivo hoyo. Encima del cuenco, en uno de sus bordes, hay una caja, tiene una tapa, que a su vez cuenta con un botón… No, espera, dos botones, tan dorados como las estrellas del tubo. Presionó el botón y de la parte de debajo de la caja (el tan extraño espacio inclinado hacia un agujero) empiezan a salir chorros de una sustancia líquida, transparente, que desaparecen dentro del abismo. ¿Para qué sirve todo esto?

  84. Entro por una puerta, todo es blanco, puro, paz, tranquilidad.
    Delante de mí hay una pantalla flácida y transparente, parece estar colgada de varios aros que a su vez cuelgan de una forma cilíndrica y horizontal, que se pierde detrás de muros de blanco puro. Corro la pantalla translúcida hacia la derecha, percibo muchas cosas que antes se veían borrosas detrás de su velo incoloro. Algo llama inmediatamente mi intención. Es colorido, tiene forma ovalada, pero el extremo inferior es plano. Está dividido en dos partes, la superior siendo la más breve. Tomo este objeto misterioso entre mis manos y lo hago girar. Mis ojos se ponen sobre una serie de símbolos, me resultan conocidos. Son letras. Puedo leerlas, pues están en mi idioma. Dice: “APLÍCALO, ENJUÁGALO Y DISFRUTA DE LAS NOTAS DE LIMÓN Y GENGIBRE.” Imagino la escena, un momento de éxtasis, el placer de disfrutar los aromas y fragancias de… ¿Limón? ¿Gengibre? ¿Qué es eso? ¿Serán elementos mágicos e hipnotizantes que hacen que te sientas relajado? Pero…¿Serán peligrosos y por eso tienes que enjuagarlos? Con qué enjuagas, ¿Con la torrente de tus emociones que vencen el veneno? Es y siempre será un misterio para mí. ¿Qué hago aquí?

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