Ejercicio 3: soledad para dos

Instrucciones para realizar el ejercicio:

1) Imagina una situación en la que dos personajes realicen diversas actividades y estén siempre juntos pero nunca se comuniquen.

2) Escribe una breve narración (con planteamiento, desarrollo y conclusión) a partir de esa situación. La extensión total del ejercicio no debe pasar de las 300 palabras.

3) Deja tu texto en la sección de comentarios de esta misma convocatoria, en la parte inferior de la página. (Si no ves la sección de comentarios, haz clic en el título de la convocatoria.)


Consejos: este ejercicio se presta para no utilizar el diálogo, pero puedes hacer, si lo deseas, que los personajes hablen sin comunicarse. Un personaje puede decir algo sin que el otro le haga caso, por ejemplo, o sin dirigirse a quien tiene delante (digamos, hablando por teléfono, o para sí mismo). Por otra parte, incluso si decides que ninguno hable, recuerda que puedes aprovechar las acciones de cada uno para sugerir el transcurso del tiempo y, por lo tanto, dar a notar más claramente el escaso contacto personal entre uno y otro.


Tienes hasta las 8:50 (hora del centro de México) de la mañana del día 14 de agosto de 2020 para entregar tu ejercicio. El jurado del Taller Fugaz comentará al menos tres de los ejercicios entregados y seleccionará un ganador durante las 24 horas siguientes a ese momento. El autor o autora del ejercicio ganador recibirá tres puntos, que contarán para determinar quién recibirá el premio que ofrece el Taller.

Cualquier persona que desee hacerlo puede comentar los textos e indicar sus favoritos. La persona que tenga más comentarios de apoyo recibirá un punto adicional.

77 respuestas a “Ejercicio 3: soledad para dos”

  1. Nunca coinciden pero siempre están juntos…
    A Raúl, que tiene dieciséis años le gusta salir a hacer ejercicio. Es atlético, valiente, férreo; por su otra parte Juan de trece, es tímido, muy inseguro, y demasiado sentimental. Todo lo contrario a Raúl.

    Saben todo sobre el otro pero nunca han hablado entre ellos, al igual que saben todo sobre Ramón, un adolescente de quince años rechazado y tachado por ser jodidamente extraño. Ramón ha pasado por muchas cosas… y cuando las cosas se complican Raúl lo defiende ante todo, siempre busca su bienestar físico, y Juan lo protege psicológicamente o al menos eso intenta.

    Desde ese trágico día aparecieron Raúl y Juan a cuidarlo y desde ese día prometieron cuidarlo por siempre, pero hay cosas de la sociedad que nos lo pueden cuidar…

    Un día Ramón despertó en una habitación completamente blanca y tenía miedo así que Juan lo ayudó a calmarse, pero los dos terminaron llorando. Una silueta blanca apareció en una ventanilla pidiendo que se despidiera de ellos. Inmediatamente dos hombres enormes aparecieron para llevarse a Ramón, pero Raúl se aventó a golpes aunque los sedaron. Cuando despertó Ramón ya no estaban ni Raúl ni Juan… otra vez estaba sólo en este mundo loco.

  2. Culpa
    Las mañanas solían ser frías y a Edgar le gustaba. Al salir de la cama lo primero que hacía era abrir todas las ventanas de la casa, respiraba la gélida ventisca y sentía el estremecimiento en su piel, había un momento de paz en ello.
    Para su hermano eso era muy molesto, las corrientes de aire le eran indiferente realmente pero no la actitud tan despreocupada y egoísta de su hermano. Hace algunos años hubieran discutido, ahora solo lo le quedaba entornar los ojos. Ya no importaba. Lo veía sacar la botella de vodka y beberse un vaso, no importaba, lo veía salir dejando todo abierto, había muchos animales por la zona y alguno podría entrar, no importaba, nuevamente se le haría tarde por ir a aquel lugar. Ya no importaba.
    Por el camino que sube hacia el cerro y cruzando la arboleda, Edgar llegó a un estanque, dio otro trago a la botella, se aclaró la garganta para decir algo pero las palabras no salieron. Se agacho a tocar el agua pero retiro de inmediato su mano que no soportó la temperatura tan baja. Pensó en lo horrible que debió ser para su hermano morir allá abajo. Perdón, dijo al fin y bebió el resto de la botella.

  3. La luz de la linterna y el pequeño croquis me llevaron al lugar donde me esperaba Altea. Con su displicencia habitual, se encontraba recargada en la lápida cuando llegué, y la única seña de que había notado mi presencia fue su mueca al tiempo que la lampareé. Al apagar la linterna, la colilla de su cigarro era la única luz en el campo de huesos. Sin moverse de su lugar me aventó la pala, la cual tomé, me arremangué y comencé a cavar.

    Xavier, como siempre, se dispuso a trabajar sin emitir sonido; eso era lo que me gustaba de él y al mismo tiempo lo que me desesperaba. Su silueta y el sonido de la tierra al caer al piso me indicaban el ritmo al que trabajaba, por lo que tal vez esto podría terminar antes del amanecer.

    De tanto cavar, el sudor comenzó a empapar mi camisa, por lo que en algún momento de la noche la aventé fuera de la tumba vacía. El sonido de mi trabajo y la tonada que silbaba Altea eran los únicos que interrumpían la noche, lo cual era raro, porque ella siempre hablaba de forma imparable sin remordimientos, y hasta ahora no había emitido palabra alguna. No me importaba, sí, sentía cierta tensión, pero no sería yo el que la rompiera.

    La silueta de Xavier fue descendiendo poco a poco con el pasar de las horas, primero un cuerpo completo, después cortado por la cintura, y al final solo una cabeza en vaivén. Mi estomago, para mi sorpresa, fue haciéndose nudo al mismo compás. Me caí bien el estúpido. Lástima.

    Un gallo cantó a lo lejos, mientras dije mis primeras palabras de la noche —“¿Así de hondo?” y el retumbar del cañón de la pistola me dio su primera y última respuesta.

  4. Pareciera que el amor se ha ido de viaje, las caricias y abrazos huyeron por la coladera, no se diga de los buenos días o las buenas noches han caminado hacía el otro lado de la acera. Cada mañana te diriges a la cocina y te veo preparar el desayuno con la misma calidez de siempre, luego nos sentamos en la mesa. Tu mirada se pierde en aquella guitarra que te regaló tu padre, todo es silencio, las paredes nos miran discretamente como si supieran algo. De repente suena tu teléfono, tu semblante cambia, pareces alegrarte y contestas el mensaje. Me levanto de la mesa y me voy al trabajo. Mientras tú, te quedas mirando a ese gran aparato que ha esclavizado al hombre. De regreso por la noche, me siento cansada, largas horas hablando con los clientes y para nada, tampoco me escuchan. No les interesa lo que hago. Te veo sentado en tu computadora, entro y no contestas el saludo, ya van varios meses que no me dices nada, algo se ha quebrado entre nosotros. Tu mirada y tu voz están siendo capturados dentro de esa pantalla. Inmediatamente, descubres en tú facebook una foto de cuando fuimos a la playa, cuánta melancolía y tristeza irradia tu semblante. Notas que hay un comentario en esa foto y lo abres:

    Mi querida Ivette, descansa en paz siempre vivirás en mi corazón.

  5. Retaguardia

    El cansancio es nuestro mayor enemigo. Nos dimos la espalda, cada uno recargado en el otro para evitar dormir en el suelo que por la lluvia se encontraba lodoso. La primera guardia le tocó a el. Sus silbidos me arrullaban pero la realidad es que no pude dormir mas que periodos cortos de diez a quince minutos para en una de esas siestas despertar sobresaltado al sentí su mano en mi hombro indicándome que era momento del cambio, de iniciar mi periodo de guardia.
    Hacía el esfuerzo por mantener los ojos abiertos, por no pestañar tan seguido. Aunque dejó de llover antes de la medianoche, la bruma no se quitó y se juntó con una densa neblina. Escucho el crujir de una rama. Se ven lámparas que se encienden y apagan. Me muevo para que se despierte, los sonidos se intensifican, se escuchan voces, pido que se identifiquen, no hay respuesta, disparo al aire. Escucho con balas la respuesta de nuestros enemigos. Poco a poco pierdo mi respaldo. Decido hacer lo mismo, me dejo vencer con la gravedad y me deslizo hacia el suelo. El cansancio es mi mejor amigo, caigo profundamente dormido hasta que mis propios ronquidos me despiertan. La neblina se ha disipado y lo veo. Pestañeo.

  6. Todos los días hacían lo mismo. Fernando y César usaban una rampa para subir al camión cajas de peso invariable cuyo contenido César no había visto nunca. Por las mañanas, antes de empezar su labor, leía el periódico que Jacinto le tendía sin mediar palabra. “Me vio jodido y me dio trabajo. Es bueno, aunque algo raro… ¿pero quién no lo será en estos tiempos?”, se decía. En cambio, Fernando sí le inspiraba desconfianza: los tatuajes, la cicatriz en la pierna, el silencio… y le faltaba la mitad del pulgar de la mano derecha. La estiba les tomaba más tiempo del necesario, incontables veces César le dijo al patrón que podía hacer todo solo, que no necesitaba al muchacho. “Déjalo que se esfuerce, chamaco pendejo”, respondió un día, con tono de quien no admitirá más cuestionamientos. El rostro de Fernando no mostraba aflicción, su ceño le hacía recordar la el busto de Miguel Hidalgo, vertiendo miradas inertes sobre las bancas de un parque cercano.

    Esa mañana, César amaneció mareado. Fernando no llegó a trabajar; Jacinto le hizo una seña para que empezara a cargar el camión. En cuanto quiso tomar una de las cajas, el patrón interpuso el brazo e indicó con la cabeza un no. “Si puedo, patrón”. Pensó que el otro, quien sonreía, consideraba su malestar. La caja pesaba menos que de costumbre, palpó humedad en la tapa inferior. A punto de bajarla, el marido lo hizo trastabillar. No se había dado cuenta de que esa caja, a diferencia de las otras, no iba sellada. La cabeza de Fernando rodó rampa abajo, sus ojos llenos de miedo le suplicaban desde otra altura, desde otro mundo. Su vista se nubló mientras seguía reverberando en sus tímpanos el eco metálico de la llave de cruz.

  7. Todos los días hacían lo mismo. Fernando y César usaban una rampa para subir al camión cajas de peso invariable cuyo contenido César no había visto nunca. Por las mañanas, antes de empezar su labor, leía el periódico que Jacinto le tendía sin mediar palabra. “Me vio jodido y me dio trabajo. Es bueno, aunque algo raro… ¿pero quién no lo será en estos tiempos?”, se decía. En cambio, Fernando sí le inspiraba desconfianza: los tatuajes, la cicatriz en la pierna, el silencio… y le faltaba la mitad del pulgar de la mano derecha. La estiba les tomaba más tiempo del necesario, incontables veces César le dijo al patrón que podía hacer todo solo, que no necesitaba al muchacho. “Déjalo que se esfuerce, chamaco pendejo”, respondió un día, con tono de quien no admitirá más cuestionamientos. El rostro de Fernando no mostraba aflicción, su ceño le hacía recordar el busto de Miguel Hidalgo, vertiendo miradas inertes sobre las bancas de un parque cercano.

    Esa mañana, César amaneció mareado. Fernando no llegó a trabajar; Jacinto le hizo una seña para que empezara a cargar el camión. En cuanto quiso tomar una de las cajas, el patrón interpuso el brazo e indicó con la cabeza un no. “Sí puedo, patrón”. Pensó que el otro, quien sonreía, consideraba su malestar. La caja pesaba menos que de costumbre, palpó humedad en la tapa inferior. A punto de bajarla, el mareo lo hizo trastabillar. No se había dado cuenta de que esa caja, a diferencia de las otras, no iba sellada. La cabeza de Fernando rodó rampa abajo, sus ojos llenos de miedo le suplicaban desde otra altura, desde otro mundo. Su vista se nubló mientras seguía reverberando en sus tímpanos el eco metálico de la llave de cruz.

    (Mande un texto antes, pero por favor tomen en cuenta este. El anterior tiene varios errores de dedo (autocorrector) y un de ellos sí rompe con el sentido. Gracias.)

  8. La viuda firma el contrato de arrendamiento y el apartamento en el tercer piso es suyo. En el mostrador azul de la cocina, coloca girasoles en un jarrón. Abajo en la gasolinera, vehículos vienen y van. Hombres vestidos con overoles verde-olivos trabajan. El alboroto alivia su soledad. Hay un joven fresno plantado en el borde, su tronco liso, flores blancas. En la muralla baja entre su casa y la gasolinera, un hombre con abundante pelo negro se sienta y fuma. Su overol le queda ajustado. Sus hombros son anchos. Ella se enjabona las manos. Se imagina estar deslizándolas por su espalda encorvada, sintiendo el perfume húmedo de su nuca oscura. Todas las mañanas, ella bebe su café y lo observa trabajar, fumar, no hacer nada. Un día antes del alba, se atreve a desnudarse en la cocina. La luz verde-blanca de la gasolinera ilumina su cuerpo. Pretende que la observa y que ella, altiva, ignora su mirada. Se imagina que él se escabulle por el portón, sube, toca la puerta. Se masturba pensando en lo que sucede después. La corona del fresno ha alcanzado el tercer piso. Sus hojas oscurecen parcialmente su vista. Una mañana, tiene puesta una playera desgastada, bragas. Él está mirándola desde abajo, fumando. Sus ojos se encuentran. Ella jadea y huye. Una vez, ella compra pan en la esquina y él está, pagando por un café. Se va sin haberla visto. Es más sólido que había pensado. El sismo la despierta. Corre a la cocina. Las ramas del fresno bailan afuera de su ventana como un enorme plumero siendo sacudido por un gigante. Corre. La escalera se balancea como una hamaca. En la calle, gritos, polvo. El impacto de la explosión la hace volar hacia atrás, liviana como una hoja seca. La gasolinera se desaparece.

    1. La violencia del final de esta historia es realmente sorprendente porque todo lo que viene antes no la presagia (ni siquiera la masturbación, que puede ser agotadora, pero también es un acto íntimo). La impresión que deja, por lo tanto, es desoladora: menos la de la incomunicación o la soledad que la de la pequeñez de la vida humana, que es avasallada por fenómenos que la superan. Hay algunos detalles en frases que necesitan revisión (falta algo en “Es más sólido que había pensado”, por ejemplo). En cualquier caso la narración sigue un trayecto interesante.

  9. Pauso el vídeo en mi celular. Añado al tazón la taza de harina que me indica. Reanudo el vídeo, pero mi mamá está viendo su novela a todo volumen y no escucho la siguiente instrucción. Le subo el sonido al celular y me acerco. ¿Un cuarto de taza de aceite de oliva? Creo que eso es.
    Obedezco.
    Mi mamá llama a mi tío por teléfono.
    ¿Qué sigue? ¿Un tercio de taza de agua? ¿O tres cuartos?
    — ¿Puedes apagar la novela? —le pregunto a mi mamá.
    Pero con tanto ruido no me escucha. ¡Y cómo! Yo tampoco escucho mi vídeo.
    Añado tres cuartos de taza de agua a la mezcla. Revuelvo bien, pero mi masa queda aguada y se me pega a los dedos. Giro la cabeza hacia mi mamá, con esperanza de que se percate de mí, pero ella está más entretenida hablando con mi tío. Ahora, con estas manos, ya ni puedo agarrar el celular. Corro hacia el lavaplatos para enjuagarme. Pero cuando toco la llave del agua, mis manos se quedan pegadas. El agua corre, pero yo no me puedo mover.
    — ¡Mamá! —grito.
    Un cosquilleo recorre mis brazos. La masa se esparce por mi cuerpo.
    — ¡Mamá! —grito otra vez.
    Intento despegarme, huir, pero es imposible. La masa me cubre.
    — ¡Mamá! —grito y grito.
    Hasta que, finalmente, la masa me silencia.

  10. Amanda lo observa desde la cocina o se asoma continuamente desde cualquier habitación para ver su silueta, tan quieto en el sillón mientras ella prepara la comida, limpia el departamento o se concentra en el trabajo. La contingencia la ha obligado, como a mucha gente, a permanecer encerrada en casa.
    La rutina es la misma para ambos desde unas semanas atrás. Por las noches, ella se sirve una copa de vino para relajarse y se suelta el cabello. Desde que él llegó usa un atuendo distinto para cada día de la semana: minifaldas, vestidos entallados, blusas escotadas, zapatos de tacón alto. En cuarentena puede darse esos gustos, libre de sujetos gritándole vulgaridades, de los que la manoseaban en el transporte público y a salvo de las miradas lascivas de sus compañeros de oficina.
    Sin decir palabra se coloca frente a él. Primero se contonea un rato, en un suave baile en el que poco a poco se va despojando de la ropa hasta quedar completamente desnuda. Acaricia cada parte de su propio cuerpo sin quitarle la vista de encima. A veces lo llevaba a la habitación o decide montarlo ahí mismo. Se ha vuelto una experta en manipular las velocidades sin distraerse y en colocarlo en la posición que a ella se le antoje.
    Una vez satisfecha, ve el miembro regresar a su posición tras desactivarlo. Algunas noches prefiere el modo vibrador u otras simplemente se queda dormida sobre aquél cómodo torso de silicón. Amanda sonríe con satisfacción, se siente segura de que haber gastado la mayoría de sus ahorros en ese sofisticado ejemplar tecnológico fue la mejor decisión. En el closet guarda la caja con la leyenda que ha hecho exitosa a la empresa: “No le diga adiós al placer por miedo al contagio”.

  11. Ahí está ella otra vez, cortando la respiración para que no la descubras, ¡como si pudieras! Como si tus ojos fueran sabios para reconocerla. Te ha visto envejecer, hacerte lento, más sabio. Tres décadas te ha acompañado, desde el accidente que te dejó así, apoyado en dos ruedas. Todavía no se va el rencor, el perdón aun es una utopía. Es cierto, la vida puede cambiar en un instante, hasta se puede acabar en un instante.
    No la llegaste a conocer, cuando viste su rostro ella ya estaba muerta, no la odias a ella, solamente odias a un rostro. El rostro del carro verde, el que no frenó. Nunca la vas a perdonar, la muerte no fue castigo suficiente para esa mujer maldita. Tienes razón, la muerte no fue suficiente, fue condenada a esperarte. Por eso, sin saberlo, la mujer que odias ha sido tu compañera tantos años, a ella le debes tu ruina, pero también la vida. Fue ella la que cerró el gas aquella tarde, fue ella la que sostuvo tu silla cuando casi cae al vacío, fue ella la que espantó a los dos ladrones que osaron aprovechar tu condición. Es ella la que te ha mantenido a salvo. Incluso, es ella la que juega a apagarte la tele, la que te mueve el plato, la que le hace cosquillas al silencio, la que te cubre la manta cuando te gana el sueño, la que en tantas noches te ha espantado la soledad. No, no es un ángel de la guarda, es ella, a la que le debes tu ruina, a la que le debes la vida.

  12. Raúl restriega sus ojos perezosos para desenmarañar las imágenes nubladas del nuevo día. Los intentos de difuminar la bruma son inútiles, pero los años le dan la autoridad de sumirse en la desdicha de sus manías. Frente al espejo herrumbroso del baño está el perfil borroso de Raquel en camisón liso sin botones. La sombra de su hermana le arranca el frasco, lo toma con firmeza, hunde la tapa y la gira mientras lo devuelve a una mano temblorosa. Sabe, gracias a la complicidad fraternal, que una sonrisa irónica se dibuja frente a él. Raquel toma el cepillo de carey cubriendo su cabeza con los escasos rizos blanquecinos. Finalizan su rutina antes de ver a los primeros pacientes citados. Ella está preparada para interpretar las señas y quejidos, que se transforman en indicaciones sobre una receta a entregar. Raúl es consciente que ella anota recomendaciones absurdas ligadas a su creencia y vagos conocimientos. El odio incontenible. Raquel sabe que ella debería de estar detrás del escritorio en bata, y no de pie con cofia, inyectando nalgas flácidas. La oportunidad le fue robada en un capricho patriarcal, pero ahora ella es la poseedora del lenguaje. Raúl se coloca las gafas y solicita autorización a la nívea presencia. Raquel asiente. Raúl ruega por una oportunidad de verla hoy. Entonces, recuerda aquella fiesta en la Condesa, el remate en El Patio, las fotos con el Príncipe, el diazepam, el dolor y la sangre de una boca que ha sido callada. Le sonríe complaciente a Raquel; hoy podrá verla. Ella le prestará el frasco por la noche, si es que se porta bien. Ambos saben que una lengua en formol no es algo fútil y que su posesión y contemplación, debe de ganarse.

    1. Leer esta narración me recuerda aquellos días en los que era estudiante de medicina y añoraba ser una gran profesional, la importancia de trabajar en equipo con todo el personal de salud, principalmente enfermería, para poder ofrecer una atención con calidad, y el respeto que merecen por su gran conocimiento. Agradezco la remembranza.

    2. Woow. La historia de fondo se da a entrever, y me hace imaginar muchas cosas más, así como ese final abierto. Un microrelato genial.

    3. Interesante narración, de intrincadas ideas, lenguaje claro y bellamente escrito, defintitivamente desarrollaria mas cada las historias. Felicidades ya espero la siguiente dosis.

    4. A lo largo del relato quedan dudas dispersas, sin embargo el detalle descriptivo de los personajes es atinado.

    5. Sin duda alguna una lectura fascinante, madura y sobria, que nos recuerda la condición humana que nos rige sin importar cuál sea nuestra profesión.

  13. Rigoberto es un figura pública, el se dedica a hacer live-streaming habla de muchos temas. Interactuando con diversa gente, a través de lo que escriben pero no hablan de viva voz, una vez Rigoberto platico sobre la vida y la muerte. Cuando una persona muere, queda su recuerdo ay personas que tardan en pasar el duelo e imaginan que siguen teniendo al ser amado, lo que los lleva a tener una interacción con el difunto causando una interacción inexistente para los demás pero muy real para el ser amado.

  14. Espectáculos

    Durante el día y tempranas horas de la noche la gente acude en periódicas masas a la multicolorida carpa del circo. ¡Qué divertido, qué emocionante, qué asombroso! El payaso se estrella, se cae, se empastela y sonríe; el domador de leones fustiga, se arriesga a ser devorado, demuestra que no y sonríe; la trapecista vuela, planea, gira, aterriza y sonríe; la contorsionista se dobla, se tuerza, se desdobla y sonríe; el maestro de ceremonias anima, presenta, se exalta y, cómo no, sonríe.

    Cerca de la media noche, cuando las luces se apagan, la noche se hace densa y el público ya no existe, payaso, domador, trapecista, contorsionista y maestro de ceremonias se encierran silenciosos, sin mirarse, sin tocarse, en sus respectivas tiendas; esos armatostes burdos de tela alrededor de la ahora penumbrosa carpa. Y no sonríen. Solo miran al vacío (los más osados al espejo), sin gesto alguno, estáticos. Torturándose en secreto, muy adentro, donde el dolor no alcance a infectar la sonrisa necesaria para el otro día.

    Lo que no saben es que alrededor de las tiendas se aglutinan un número significativo de mudos mirones, espiando a través de las telas, las otras gentes, las que no acude en los horarios programados. Los que saben por intuición, por empatía o por trágica casualidad que cerca de la medianoche comienza el otro espectáculo; el que no se anuncia, el que es secreto. El que está destinado a los amantes traicionados, a los soñadores en desuso y a los prospectos de suicidas.

    En su momento, el amanecer dará por concluida la función. La señal inequívoca, para los unos y los otros, de que es hora de esconderse.

    1. Un excelente cuento, fantasmagórico y melancólico al mismo tiempo, un relato de soledad, de vacío. El circo fantástico es un recurso muy usado, y a pesar de ello, el autor logra darle una vuelta de tuerca inquietante. Todos podemos ser parte de ese circo. Todos portamos esa soledad que se muestra en las pistas desoladas del circo a medianoche.
      Es un texto lleno de fuerza, y quedé encantado al leerlo.
      Excelente

    2. Este texto me parece muy interesante porque plantea una situación que, bien mirada, es desconcertante, aunque no se cuente nada explícitamente fantástico: es una de esas “fantasías de la conducta”, más sutil. Con el tema prefijado, es fácil leer solamente la representación de la soledad, pero también están los detalles inquietantes de la acción tanto de los cirqueros como de sus observadores. ¿Qué los puede llevar a actuar precisamente así? Misterio, es decir, material para reflexionar y debatir. Muy bien.

  15. Ejercicio 3: soledad para dos.
    Ella aceptó, ahora ni siquiera puede arrastrarme su mirada. Este amanecer fue el más extraño desde que vivimos bajo el mismo techo, su lado de las sábanas estaba frío. Estuvo entusiasmada antier, cada uno salió a su aventura en la tarde, además, fue ella la que sugirió todo.
    Yo regresé antes, estaba un poco cansado, la cena al ante meridiem se enfrió en la mesa, se enfrió en la espera y no me enteré cuando volvió. Mis párpados se cerraron mientras pensaba en el evanescente placer, me sentía feliz porque era la prueba de que sólo amaba a una mujer, mas esa mujer parecía no existir más.
    Ayer, en lo último del sentimiento, hicimos la comida, sin una palabra. Nos conocíamos demasiado para que todo saliera bien, yo partía y ella freía, quitaba las manos en el momento justo para que echara todo al sartén; venía con la sal, le ponía a la carne mientras hacía la salsa, movía la carne y ella presionaba la licuadora… Pero dejamos las cosas ahí, para que el otro las tomara sin decir gracias.
    Cuando le acaricié el cuello no contestó, se acabó el “mi amor”. Y, sin embargo, nos entregamos los dos. La noche anterior estuve con otra, por experimentar, los dos dijimos obscenidades al oído del otro, pero ahora sólo se escuchaba la carne chocar, la veía, ella volteaba al cielo. Cada uno hacía su esfuerzo en diferente tiempo, como si estuviéramos separados.
    No sé qué la hizo cambiar, si el cambio de cuerpo o un mejor vicio o el fin del sueño. Me levanté, pensando que el aroma aún viviría, pero estaba ahí, en el sofá. Una taza de café fría, sabía que tampoco podía hablarle, así sería, carne desabrida, verduras crudas, un amor mal cuajado.

  16. Fernando se encuentra a Mónica en el checador, como siempre llega temprano, pasa junto a él y juraría que lo volteo a ver de reojo pero no está seguro, hace ya tanto tiempo que ni siquiera se saludan. Confirma que el amor en la oficina es lo peor que tu corazón te puede hacer. Aunque solo coincide con ella una vez a la semana en su trabajo, le es enormemente difícil verla y no acercarse, sabe que su boda está cerca y muere de ganas de pedirle que huya con él, que olviden todos los malos entendidos que se atravesaron entre ellos y reconstruyan ese noviazgo que alguna vez fue apasionado. Al verla reconstruye toda su historia de amor, es como si cada semana se abriera la herida y por ahí saliera el amor y el dolor que siente por ella.

    Mónica está ya guardando su tarjeta de checar cuando ve llegar a Fernando, sabe que no la va a saludar, fue el pacto no escrito que surgió después de la última pelea donde todo terminó, lo mira discretamente y nota que lleva puesto el sueter que le regaló hace ya cinco años, ¿por qué lo conserva? ¿lo usa a propósito el único día que sabe que pueden coincidir en el trabajo? Y justo hoy que tendrán que compartir cubículo es cuando lo ve tan atractivo como cuando lo conoció y se pregunta ¿por qué tantas peleas, cómo llegamos a esto? Su boda se aproxima, no sabe si él ya se habrá enterado, espera que no, ya no está tan segura de ser lo que desea o si solo fue una forma de huir de lo que sentía por él.

    El cubículo de repente parece tan pequeño, ella intenta llegar a la copiadora sin pedirle permiso, entonces las sillas parecen entremezclar sus patas y generan el accidente; Mónica a punto de caer, es rescatada por Fernando, el abrazo es reconocido al instante por ambos cuerpos, las fragancias se mezclan extrañándose y los ojos de ambos se entrecruzan haciéndose la pregunta que los labios tienen miedo de expresar.

  17. Me baje del carro y mis sentidos se volvieron locos, volteé a verla y me gustó más que ayer. Sus ojos delatan descaro y su boca hinchada desparrama sensualidad.

    Caminamos al pueblo antes de entrar en la habitación y la arena húmeda nos empapo los pies desnudos.

    Al llegar al poblado el tufo de pizzas, tacos, perros calientes, pescado, orines, tabaco mezclado con maría y el aire salino que humedece nuestra cara, nos abrió el apetito. Ella me guió al lugar que su olfato la llevó y yo como idiota la seguí.

    Este lugar produce estas cosas locas. Así como puedes ver una gringa caminando inyectándole feromona al aire, también puedes ver un rastafari jalándole a un cigarrillo de la diosa verde o surfers cargando con sus tablas, hipsters, dealers y toda clase de predador que invaden el aire de hormonas.

    Caminamos de regreso y un muchacho nos interceptó ofreciéndonos algo de mary popins, le compramos para unos días.
    Llegamos al cuarto, nos dimos un baño, prendimos la pipa de la verde y disfrutamos del atardecer en el balcón de la recámara.

    -Sabes nunca pensé estar contigo y menos en este lugar.
    -Hoy es sábado?
    -Ayer pensé que mi vida se consumía, me sentía atrapado como un pájaro en una jaula.

    El sol por fin se mete e inunda el agua con mil colores.

    Fui a mi maleta y saqué una botella. Regrese y le vi sus nalgas, su espalda, su pelo. La tomé de la cintura, la abracé como un oso y le besé el cuello, ella se giró besándome tiernamente.
    Los dos vibramos como hace mucho no lo hacíamos. Nos separamos un momento para vernos a los ojos y las lágrimas escurrieron de nuestros tomates.

    -Algún día olvidaremos que esto pasó?
    -Me gusta este lugar.

  18. Con este desayuno cero nutritivo te doy los buenos días.
    Te llamo, como siempre bajas la escalera viendo la pantalla del móvil y no los escalones.
    Te regaño aunque yo también suelo hacerlo.
    Antes de las 8:00 a. m. tengo decenas de notificaciones en los chats.
    La mayoría pueden esperar, pero uno que otro deben ser atendidos ahora.
    Veo que ya has terminado, vas en camino a ponerte el uniforme.
    Llega un mensaje, es urgente, una asesoría que no toma mucho tiempo pero requiere solución inmediata.
    Dejaste en el plato la carita feliz que hice con bombones.
    Debo sacar la basura, se hace tarde.

    No dormiste bien, tuviste una pesadilla. Te pregunté que habías soñado pero urgente corriste al baño.
    En el coche camino a la escuela, sacaste el libro de historia para dar un último repaso antes del examen, ya no tuve oportunidad de preguntarte otra vez.
    Al llegar, el claxon de un auto se oía en el carril contrario, saludo a alguien, mientras tanto ya te habías ido, ni siquiera pude darte la bendición.
    Una capacitación de la empresa, me ocuparía toda la mañana.
    Llega la hora de ir a recogerte. Te pregunto el típico “¿cómo te fue?” y tu contestas como siempre “bien” a secas. El calor y el cansancio logran que te quedes dormido.

    Comemos en silencio viendo una serie que nos tiene cautivos.
    Entre mis ocupaciones, el tiempo que dedicas a estudiar para tu examen de mañana y la clase de karate apenas hemos cruzado palabra.
    Mas tarde me acerco a ti, estás inmerso en un videojuego, no te interrumpo.
    A la hora de la cena intentas decirme algo sobre el próximo torneo, pero un prospecto llama, quiere ser nuevo cliente. Me toma el tiempo suficiente para saber que ya te has dormido.

    1. Esta narración tiene una perspectiva que me gustaría ver más en concursos como éste. No es sólo que se trate de una madre (aunque esto es importante), sino que ella se encuentra en una situación interesante. El suyo es un drama que no es sensacional –obviamente violento o trágico–, pero no deja de ser entrañable y angustioso. Además, la voz narrativa puede mantenerse en ella, sin traicionar la primera persona elegida, y a la vez penetrar lo suficiente en lo poquísimo que puede verse del pensamiento del hijo. El único reparo que le pondría es que el relato, tal como está, podría prolongarse, pero en cualquier caso se logra una voz excelente. Muy bien.

  19. Frente, sudor, mano, suspiro, gota, suelo, sombra debajo de la bomba.

    Mano, pinzas, ¿cable negro o rojo?, silencio, silencio, frente, sudor, mano.

    Ojos de uno, ojos del otro, mueca, afirmación, negación, cable rojo, dedos, caricia, mano extendida, destornillador, tapa fuera, tabla electrónica, focos tintineando.

    Mirada de uno, mirada del otro, silencio, silencio, pensamiento, análisis, reloj, tic-toc, tic-toc, multitud a lo lejos, sudor, frente, mano, suspiro largo.

    Veinte segundos, mano abierta, navaja, filo, cable negro, duda, filo, cable rojo, duda, silencio, silencio, cuello, filo, cuello, piel, filo, corte.

    Silencio, silencio, sangre espesa, navaja, mano, cable rojo, filo, corte, silencio, silencio.

    Pum.

  20. Cuando tu duermes en esa posición las correas de mi lado se tensan, tengo que apurarme mientras tú descansas así que procuro moverme con cuidado, fue buena idea adelantar las transcripciones, a veces me pregunto si en realidad puedes sentirme, de este lado la mudez y del otro la ceguera recuerdas.

    Me es tan cruel sacarte de tu tranquilidad, siempre despiertas desorientado, como si te sacara de un paraíso para vivir la pesadilla, pero es ahora, las notas están listas para ser leídas por tus labios a los megáfonos de la ciudad, requerimos una gran hoguera, un buen empujón que contribuya, necesito que hagas tu parte.

    Se pone de pie cuidando tener el espacio necesario, bosteza y el otro cuerpo recibe la señal, como la nastia de las plantas, reacciona al calor y estimulo de las correas que les unen, mientras una se cierra otro se abre.

    Siempre lamento despertar sin poder verte, nunca puedo verte, solo siento como te vas acurrucando en el espacio invisible detrás de mí, dándome la espalda mientras despierto, estamos unidos por la parte trasera de nuestros cuerpos con correas semi tangibles de una piel extraña y fantasmagórica, como siameses dicen.

    Procuro no agitarme demasiado al estirar mi cuerpo, afuera escucho las primeras reuniones y consignas, hablan de destruir, de salir de todo esto, de arriesgarse, seguir la conspiración, lo he leído de nuevo, pero necesitan un mensaje que todas y todos puedan escuchar.

    Vamos a empezar: Somos bienvenidos solo cuando el mar de la noche inunda toda la megalópolis hasta el horizonte, monstruos como nosotroas hemos llevado la vida que nos han permitido vivir y trabajamos solo porque nada ni nadie escapa de eso, no hay amnistía para nadie, ser incluidoa también significa postrarse ante esa estructura poderosa y violenta, y pagar por ello…

    1. Me gusta cuando a través de letras hacen que mi mente vaya decifrando el escenario, me gustan los retos entre letras y aquí fue así.

  21. La clave está en practicar. Uno tiene que ejercitar todos los brazos para agarrarse bien y que no importen ni la espuma ni los peines. También es importante encontrar un buen escondite. Por eso me gusta estar con Laurita. Su cabello es negro y tupido, alborotado. Vivir con ella es como estar en un parque de diversiones. A ella no le importan las modas de otras niñas, muy relamidas y con peinados tiesos. Laurita es libre y aunque su mamá le diga que se arregle y la amenace con cortarle el denso follaje que la corona, ella sigue feliz corriendo y jugando. Siempre es una aventura, como cuando se trepa al mezquite para colgarse de las rodillas. Tengo que luchar contra la gravedad. Un día se puso a rodar en montones de hojas que habían juntado los barrenderos. Nunca olvidaré ese olor a húmedo. Claro que se rasca, es normal. Los niños saben que estamos aquí, viviendo en sus cabezas, hinchándonos al comer los restos de sueños que se descarapelan entre las raíces. Por eso hay que agarrarse bien y ser muy rápido. Hace una semana nos lavaron con una espuma especial. Corrí mucho para refugiarme en las partes secas. Encontré un recoveco detrás de la oreja para esconderme. Me agarré muy bien con todas mis patas. Se me ocurrió cantar una canción para olvidarme del miedo. Creo que Laurita escuchó porque tarareó también. Un piojo viejo, de los que se murieron con la limpia, me contó que su mayor miedo eran los dientes. Había vivido en una cabeza en la que los cazaron poco a poco. Alcanzaban a escuchar como tronaban sus amigos entre los dientes de una nana. Pero ya estoy yo solo aquí, y no creo que vuelvan a buscarme.

  22. Lo mejor que sabía hacer en la vida era limpiar de manera impecable y silenciosa, como si no existieran en el mundo sus manos, su cuerpo, el polvo, la mugre, la suciedad y el desorden. Los patrones nunca se lo dijeron, pero ella lo confirmaba, vez tras vez, al leer en sus rostros la angustia ante el impacto del previo aviso de su corporal ausencia. Ella tenía el don.

    Tras afanados años de limpieza y escalamiento, ella llegó a velar por la pulcritud de la casa presidencial como única bandera, sin objeto de recibir reconocimiento alguno. Ser la señora de la limpieza presente en todo detalle del contacto fino e impoluto de cada superficie de la casa le era suficiente. Limpiar como si no estuviera allí, limpiarlo todo mientras los habitantes se desplazaban por cada habitación y pasillo asumiendo la pureza artificial como condición natural del espacio.

    Un día, después de varios sexenios, la casa presidencial presentó signos de polvo, cochambre y lodo. El desorden y la suciedad revelaron a gritos el secreto inmaculado: la señora de la limpieza había escalado de nuevo. En el cielo había encontrado un patrón más exigente.

  23. Después de tres días en cama me encuentro con él otra vez. Ese maldito insufrible dolor de cabeza deambula por todo mi cuarto. Estoy segura, está a la espera de que me levante y trabaje, pues ya se dio cuenta de la abundancia de polvo y lo insuficiente del dinero. Pasa cerca, roza mi mano izquierda, quisiera pedirle que se largue. Ya no quiero tenerlo en casa nunca más, pero él insiste, anda cerca, da pasos cortos por la habitación. Aquí va de nuevo, su inminente presencia no deja levantarme de la cama, mira de soslayo con mofa. Se acerca, pero no me ve, lo siento, pero no es palpable. Me recorre hasta llegar al estómago, lo pellizca, me abre y escarba lo último que queda en el intestino. Penetra con sus garras y retuerce mis tripas. Es inevitable su fornida voluntad. Necesito hallar la solución antes de que acabe conmigo, pienso que una tercera parte de la semana es suficiente para atenuar esta maldición en mis entrañas.

    Por lo pronto la debilidad obliga a quedarme en cama, pero la soledad me impulsa a vivir. Me asomo con disimulo por el rabillo de la puerta. Lo veo y pasea por toda la casa, cínico, se sienta frente al televisor y se burla de la miseria. Se dirige refrigerador, lo abre y hurta lo poco que hay. Ahí sigue, inmóvil, inerte a cualquiera de mis movimientos, sin embargo no deja de mirarme con sospecha. No dicta palabra, entre nosotros no existe un vínculo de afecto. Voy a la cocina y engullo lo poco que dejó: pan duro, leche con nata, queso y el frasco de mayonesa que raspo hasta dejarlo traslúcido. Escucho el impacto de la puerta cuando sale. Al poco rato él ya no está: el hambre se ha ido.

  24. Estuve muchos días triste cuando Amaranta se fue. Un día de esos malos, me di cuenta que tenía atado un hilo de plata al cuerpo. Recordé que cuando se despidió, me dijo que seguiríamos unidos y al parecer ese pequeño hilo enredado al rededor de mi cuerpo, estaba conectado a ella en el otro extremo.
    En un principio no le di importancia, pero después me di cuenta que era como estar a su lado. Era tenerla junto a mí, en la distancia.
    Si ella tenía hambre, yo comía. Si no podía dormir, yo me quedaba despierto hasta altas horas. Si suspiraba, yo la recordaba.
    Los días a su lado en la lejanía, fueron pasando más fácil. La extrañaba, pero ya no como cuando no sabía que tenía el hilo de plata que me comunicaba con ella.
    Sentía que todo lo seguíamos haciendo juntos. Andar en bici, ver el atardecer, dormir, cantar nuestra canción.
    Un día el hilo desapareció, no me di cuenta si se rompió. Sólo desapareció. Supongo que el hilo de Amaranta también le ocurrió lo mismo. Un nuevo silencio me invadió. Pero ahora sabía que el diálogo con ella había terminado. Seguiríamos haciendo cosas, pero ya no juntos, ya sin platicar a la distancia, sin ese amor que existió.

    1. Buen texto. La nostalgia es una manera de no dejar ir a quien ya se ha marchado. Este texto breve nos muestra alguien que convive con una ausencia casi como si fuera la persona amada. ¿Quién no lo ha hecho alguna vez?
      El peligro, por supuesto, es el que nos narra tan sutilmente esta historia: hemos de perder lo amado dos veces.
      Muy bueno.

  25. La ventana de la habitación reflejaba el amarillo naciente de la mañana. Saúl había pasado la noche frente al teclado viendo líneas de texto que viajaban por la pantalla. Un hombre lo vigilaba con impaciencia. La puerta se abrió y ella se sentó frente a la otra computadora, presionó el botón de encendido y sus miradas se cruzaron, el tiempo pareció congelarse cuando él detuvo las presiones de sus dedos.《Esta ayuda no me la esperaba》pensó Saúl mientras el hombre observaba las pantallas. El lugar se inundó del sonido de las teclas, ella trabajaba más rápido que Saúl. Sin apartar la vista del monitor movió su zapato de tacón para golpear el pie del desvelado. Este supo que la salvación tenía cuerpo de mujer. Mandó un mensaje de texto usando instrucciones del sistema en una ventana de comandos negra: 《copia el código de la transacción aquí, te daré la mitad》.
    Una luz negra traspasaba la ventana de la habitación cuando ella golpeó con suavidad el pie de Saúl. El tono de las mejillas de la chica cambiaron a rojo.《Está hecho, dile a tu jefe que libere a mi familia》dijo Saúl al hombre que lo vigilaba. Este se paró, abrió la puerta y chifló. Ella aprovechó el descuido para rozar la mano de Saúl. Él no apartó la vista del monitor, llevó su mano hasta su barbilla al escuchar la cercanía de unos pasos. El segundo hombre miró las pantallas, iluminó su rostro con una sonrisa y movió la cabeza aprobando el trabajo. El otro hombre cubrió la cabeza de Saúl, lo llevó hasta otra habitación, dijo 《Tu familia la libró》 y con un golpe le robó la conciencia.
    Al día siguiente se leía en los titulares: 《CRUZ ROJA RECIBE MILLONARIO DONATIVO ANÓNIMO》y《ENCUENTRAN VIVA A UNIVERSITARIA DESAPARECIDA》.

    1. Wooow es un buen comienzo para una novela detectivesca logra capturar la atención y que esperemos la continuación del relato, aunque pensé que había un significado metafórico creo que la historia es más literal felicidades

    2. Excelente relato ya que atrapa al lector para saber más… Final inesperado y un buen manejo descriptivo. Me gustó, diferente a los demás que tratan temas cotidianos.

  26. Noche tras noche, Emma se levantaba aturdida al no lograr conciliar el sueño. Su esposo, quien era víctima de la apnea del sueño, pedía a gritos que le colocaran una almohada hasta no respirar más.
    A veces deseaba despertarlo a golpes hasta silenciar sus incesantes ronquidos; la situación la traía vuelta loca.
    Además de estas ideas de cómo terminar con su delirio, también imaginaba una pelea que terminaba siendo un monólogo a falta del ingenio de su marido para defenderse a sí mismo.
    –Acabarás con mi cordura y una vez que ocurra eso, no podrás detenerme de poner en práctica mis fatales ideas– decía Emma.

    Lo más lejos que había llegado había sido tomar una almohada y sostenerla sobre su rostro por al menos tres segundos, pero entonces Javier despertaba y le agradecía por permanecer a su lado a pesar de las circunstancias.
    –Tremendo estúpido- pensaba ella, pero instantáneamente, cómo si de un corto circuito se tratase, su actitud cambiaba y le venía a la mente él por qué amaba a su marido. Por qué se habían casado y por qué había decidido mantenerse junto a él tras descubrir que tendría este problema de por vida.

    Noche tras noche, este ser dubitativo se despertaba en su interior y le hacía cuestionarse si Javier merecía vivir o no, pero siempre terminaba diciéndole lo mucho que lo amaba y que estaría a su lado… hasta el día de su muerte.

  27. La piloto de uniforme rojo estaba nerviosa. Estaban a punto de llegar a Rincewind-7, el planeta que había elegido explorar. Fueron un par de años en donde había compartido la nave con Lobo, un viejo ingeniero espacial. La única vez que habían cruzado palabra fue momentos antes de despegar, cuando ambos se desearon suerte. Después fueron meses de comer cada quién a las horas que les apetecía, dormir mientras el otro trabajaba y solo esperar que todo estuviera en orden. La piloto a veces lo escuchaba en el cuarto de calderas, cuando aullaban los motores de vapor, iba a repararlos y ponía música de jazz mientras trabajaba. Ahora, a poco tiempo de su destino, solo quedaba esperar que congeniaran. A lo mejor le haría un cumplido a sus ojos o a sus dientes. Si el planeta era apto, la misión era poblarlo. Aunque su Abuela, una antigua piloto exploradora, siempre le dio el consejo de que es mejor un planeta para ella sola que un planeta con una mala pareja. La piloto estaba preparada para todo.

  28. A Tlacuamiztli le dijeron que siguiera el camino del lago no perderíanse… y tener agua para tomar y estar limpios en todo momento. Era importante para los dos que el viaje fuera ligero. Su nieto, un joven hermoso con piel tostada y ojos casi negros como la oxidiana, tendría que lucir su mejor forma antes de la noche.
    Al principió del viaje, ella intentó entablar conversación con el chico.
    -Han muerto muchas personas en estas últimas semanas; dicen que es cosa de los dioses… -Él guardaba silencio.- No estoy segura de haber visto algo igual en mi vida, y no recuerdo medidas semejantes desde la llegada de los hombres del mar, cuando mi padre…
    Pero notó que el chico se entretenía mirando las carpas que se acercaban a la orilla al verlos caminar junto al lago.
    A medio día se detuvieron para descansar un poco y tomar algunos alimentos. La abuela desemvolvió su itacate y compartió el contenido con el muchacho: algunos tamales de frijól, nopalitos con charales y flor de calabaza.
    El resto del viaje transcurrió sin mayores incidentes, con el chico recogiendo flores de vez en cuando para su camino.
    Cuando llegaron, por la tarde, ya los esperaban los dioses inmortales. La mujer preparó a su nieto y se vistó para la ocasión.
    Los últimos rayos de luz se perdieron en el horizonte mientras el chico, completamente drogado, miraba recostado las primeras estrellas.
    Tlacuamiztli vio a su padre en los ojos del muchacho. Tomó fuerzas y alzó la oxidiana, que se perdió en la noche como la mirada de su nieto…
    Un olor a copal lo inundaba todo, y un riachuelo de sangre y lágrimas regaron la tierra al pie del templo… como sacrificio.

  29. Teresita está de pie desde las seis. Se asoma por la ventana. Ve pasar a los trabajadores que caminan a la fábrica textil. Toma la escoba y sale a barrer la estancia.
    Benjamín está en el baño con sus tufos. La digestión siempre se le alenta por las noches y a estas horas sufre de una diarrea acuosa y dolorosa. Maldice una y otra vez. De nada le vale.
    Teresita termina de barrer y riega las plantas. Después entra a la casa para preparar el desayuno.
    Benjamín en la mesa finge que arregla unos viejos lentes; murmura quejas quedas: que si no es la pieza, que si las micas están rayadas, que si ya está muy viejo para esas cosas. Teresita se entretiene haciendo el desayuno. Hace oídos sordos. Recuerda el suceso de los lentes. Idas y venidas de Benjamín a la óptica. Doña Martina le contó lo que en realidad pasaba: “Si quieres comprobarlo, encuéntralo por las vías”. Teresita tomó un cuchillo, lo enredó en un periódico y se prometió “Algo se han de llevar. A mí no me ven la cara de estúpida”. Mira en sus manos el filo desgastado. Murmura al picar la cebolla: “tres huevos, el aceite, la longaniza, los tomates y unos chiles verdes”. Un vaivén impetuoso los saca de su abstracción. “Está temblando”, dicen. “Santa María”, clama Benjamín. “San Pascual Bailón” implora Teresita. Ella en la cocina se apea al dintel. Él en el comedor se coloca bajo un arco. Los dos se miran como hace más de treinta años. Benjamín, del brazo de otra mujer. Teresita, con el cuchillo bajo el brazo. Sin dramas ni sangre como en aquel día. Sólo el silencio desde entonces, los separa aún en el terror.

    1. El rencor es tan vivo en esta pareja que el pasado sigue ahí, ahogándolos. Cumple perfectamente los términos de ejercicio y, además, nos muestra, en una escena contundente, que ni siquiera un terremoto es mayor que las heridas que no dejaran en paz estos personajes.

  30. Cada día es lo mismo.
    Te levantas, me ves, te quejas, te bañas, lloras, te arreglas, pones mala cara, me miras, maldices y te vas. Siempre igual.
    Yo sólo te observo, te analizo, te respeto y me callo. Pero si te soy sincero me parece que eres patética.
    Espero que sepas que alguno se tendrá que ir un día y, aunque es más probable que seas tú, en realidad espero que no sea así y no es porque me importes, sino porque a pesar de tu indiferencia y marcado odio no soportaría quedarme solo en este cuarto, agotándome lentamente hasta no poder mover mis brazos que son tu tormento, el designio de tu fin.
    No me gustaría cubrirme de polvo y que mi tiempo terminara antes que el tuyo.
    Aquí vamos de nuevo. Te levantas… Seguramente hoy será lo mismo que ayer. Me ves, seguro te quejar…¿Qué haces?…

    De pie frente al reloj, la mujer observa las manecillas. Sonríe al mismo tiempo que una lágrima se resbala por su mejilla. Saca algo de su bolso…

    Tu mirada recorre cada centímetro de mi ser, sonríes…

    Con su mano derecha sostiene un arma, posa el dedo sobre el gatillo y apunta…

    ¡Vaya! Tu mano está firme. Ya no tiemblas. Algo me has aprendido. El tiempo no se detiene…

    Disparo.

  31. Me quedo mirándola y pienso que es la única de la que espero compañía. Le pregunto por qué se queda. Por qué, aunque la quiero lejos, me sigue. Por qué, cuando siento dolor, Ella también entrecierra los párpados, como si decenas de pedacitos de cristal se le clavaran en la pupila. Me asfixia sentirnos atadas y me irrita lo tramposo que resulta que me apoye cuando busco mandar todo al carajo. Quiere que la acepte. Porque al mirarnos en el espejo no vemos lo mismo. Si Ella me pide “aférrate”, mi cerebro de inmediato le suelta un “lárgate”, como si fuera el autocorrector de un celular. Aquí no cabemos las dos. Mientras Ella me observa bondadosa, yo la hundo en el pozo negro de mis ojos, que ya no le cumplirán el deseo de despertar un día más.

  32. El agua burbujea turbia, un aroma flota y una mano introduce dentro una cuchara. Mueve la muñeca y se forma un maelstrom. Con la fuerza de la corriente los cuerpos se alzan a la superficie… mostrando reflejos de marfil, el hombre observa aterrorizado la escena. En este sitio que tanto tiempo fue su confidente de travesuras. Aquí donde se refugiaba de los ojos coléricos de cierto hombre con aroma a cerveza; aquí donde una mujer le rechazo y fue buscada por toda una comunidad. Así como ella, otros cuerpos de individuos descansaban. Hoy uno de ellos… prepara la mesa, sujeta con sumo cuidado los platos de porcelana, antes había tirado de ellos o había agarrado la cantidad incorrecta. La mujer tomaba otra pizca de guiso y su sabor era similar a la sazón de su madre. Sirvió unas porciones que llevo a la mesa donde… aquello que esta en la superficie le miraba. Bajo el claro de la luna, unos destellos danzaban sobre la cuenca de aquel cráneo consumido por el agua y cuya carne colgaba entre fango y las algas. Aquello se acercaba lentamente mientras el hombre comenzó a experimentar un escalofrío. Parpadeo, se palmo e incluso abofeteo. Todo esto era real… alguien esta tocando la puerta. El chico bien educado va hacia la puerta… otra forma emerge del agua, más pequeña que la anterior… la mujer se acerca con los platos y ve… el hombre ve… una mirada vacía, una mirada de muerte. Nadie escucho los gritos.

  33. Se habitó la indiferencia desde que cada una se olvidó a sí misma y sin embargo la suma de sus propias invisibilidades tenía peso. Duermen juntas dándose la espalda, es el único momento en el que la individualidad protesta; porque después de compartir una casa, unos años y unas muertes, las pastillas y el jabón son lo de menos. Por las mañanas una desayuna en el comedor y la otra en la cama, sólo existe el masticar de los mismos alimentos a destiempo. Una siempre lo prepara todo: la comida, la ropa limpia, las reuniones familiares y la administración de medicamentos; la otra siempre observa, imagina cómo es vivir, imagina que el cuerpo tiene voluntad y puede hacerlo todo.

  34. De trago en trago, la primera en caer fue la noche, en medio de la oscuridad embriagante, mi copa y yo nos autoproclamamos como los últimos sobrevivientes de la Tierra. Al amanecer, yo fui el último hombre en pie, aunque ya no me parecía nada a un ser humano. Y todo estaba más callado que de costumbre.

  35. Ya encendí la computadora, puse música y la cafetera. Desde aquí no lo veo, pero sé que sigue dormido. Las mismas respuestas escuetas en el whats para indicar que todos lograron conectarse sin problemas.
    Yo no, me aburrí de hacer como que me importa o como que al supervisor le importa.
    Se levantó a beber agua, pasa de largo sin mirarme. Igual no puedo ponerle atención, tenemos una “junta” con el personal en Brasil.
    A pesar de lo repetitivo del trabajo, consigo que la mañana pase sin tedio. Veo que ahora se asoma a la ventana a ver pasar al camión de la basura, al afilador, a la cotidianidad que ni la pandemia ha logrado mermar.
    La hora de la comida se ha vuelto hora de dormir gracias al insomnio. Poner la alarma y cerrar la cortina es cosa de casi todos los días.
    Sale del cuarto como buscando no molestarme y es apenas un medio sueño el que me permite terminar la jornada laboral para engancharme después en un debate por youtube.
    Los atardeceres son hermosos, pero él no los ve. Yo sólo me pregunto si éste es el mundo o de verdad el hoyo negro nos engulló y estamos en la realidad alterna tan anunciada.
    Me mira por la noche como pidiéndome que apague de una buena vez la luz, de cualquier forma ni voy a leer y sólo pierdo las pupilas en el celular.
    Un gato no deja de ser buena compañía aunque no hable.

    1. Un relato realista, que nos hace suponer que habla de una pareja que ya no se habla, indiferente uno al otro, uno atrapado por el trabajo, el otro extrañamente distante no sabemos porqué, hasta la última línea.
      La otra parte es una mascota, y lo que narra es la vida común con una gato, con esa arrogancia indiferente característica (y adorable) y aún con esa distancia, aún así en estos tiempos es una compañía. muy bien dicho, y bien presentado.

  36. Soledad entre dos, aunque éramos más que dos, siempre fuimos los predominantes.
    Tú gobernabas por el día y yo por la noche. Primer o segundo plano, no importaba, nunca nos dirigíamos la palabra, las miradas de reojo, las notas pegadas por la alcoba, las pequeñas bromas, eran la única prueba de que existíamos en un mismo plano, en un mismo yo.
    Nuestro sistema no estaba armado aún, los otros eran muy débiles como para atreverse a gobernarnos o conversar con nosotros, sólo era un jaloneo entre tú y yo. No sé cuándo empezó a cambiar, pero más seguido escuchaba tu voz llamarme una y otra vez con insistencia odiosa. Hasta que llegó el día en que no pude ignorar más esa voz chillona en mis oídos. Me encontré, fuera de horario, con un barbón extraño en una habitación peculiar, desconocida. Mi mirada vagó y descubrió en la mesa una inscripción que decía
    Dr. José Luis Reyes
    No pude evitar sonreír, supongo que ya era hora de enfrentarnos.

  37. ARACNE
    Hitaí comenzó a preocuparse. Una gota de sudor recorría la inmutable cara de América, y eso le inquietaba. Tampoco veía a Chinta, la araña que el abuelo de América le había regalado para que la protegiera, y la cual nunca se despegaba de su dueña; como suspendida en el tiempo, inmortal. Los ojos de América permanecían al frente, en la mano derecha una botella con líquido y en la izquierda un manojo de ajos cuyos pedacitos iba dejando en el suelo. Detrás, Hitaí sostenía, en forma de cruz, un par de tijeras revestidas de hilo rojo. Las dos niñas caminaban en medio de un silencio sepulcral, sin poder emitir palabra alguna que pudiese permutar el tiempo-espacio que se cernía sobre la casa. Cualquier palabra podría alterar -aún más- la «realidad» que les circundaba. No sabían cuánto tiempo llevaban caminando pasillos y cuartos infinitos, que se abrían y cerraban detrás de sí, y que se multiplicaban o transformaban a cada vuelta de esquina que daban, pero sus pies comenzaban a dolerles. América dió vuelta, por tercera vez, hacia su izquierda y siguió derecho; sobre el suelo, habían pedazos de ajo. Se metieron en una nueva habitación y encontraron, en una de las esquinas, a una muchacha echa ovillo; América se acercó a asistirla mientras Hitaí mantenía las tijeras en alto; había visto la figura de un enorme perro negro írseles acercando a lo largo del camino. De la oscuridad del pasillo fue emergiendo una sombra que, a medida que cruzaba la puerta, se transformaba en un elegante hombre blanco de profundos ojos azules, mientras la mitad de su cuerpo permanecía siendo el de una cabra -o demonio-. América se levantó y arrojó de la mezcla que llevaba en la botella. El hombre la evadió. Era rápido. Hitaí volteó a ver a la muchacha por la que habían ido y se dio cuenta que América ahora ya traía la ropa por el revés. El hombre lucía seguro, poderoso. América sonrió. Cuando Hitaí volvía su rostro hacia él, un ejército de arañas atacaba al hombre.

  38. Va manejando por la carretera, está a punto de llegar al mar, por su costado derecho comienza a ver la costa.
    ¡Ahhhhh!
    En aquella curva debió mirar al frente.
    En las noticias la historia de un joven muerto en lamentable accidente de carretera se comparte con tristeza.
    Al día siguiente:
    ¡Ahhhhh!
    ¿Qué pasó? ¡Casi me ahogo! Sostuve mucho tiempo mi latido. Pensé que me iba a ir, pero no entiendo, no recuerdo haber llegado al mar. ¿Dónde estoy, quién eres tú, me escuchas? ¡responde! ¿te dormiste?… Entonces tengo que esperar a que despiertes, QUIERO saber qué está pasando aquí.
    ¡Vaya! Al fin abres los ojos. ¡Hey! Tranquilízate, haces que retumbe aquí adentro.
    ¿Quiénes están ahí?…
    Mary, te llaman Mary, ese es tu nombre y ¿ellos son?… ¡Tu familia! Ahora entiendo.
    Aquellos niños son tuyos, bueno, más bien nuestros. ¡Increíble! Ahora también soy mamá y tenemos esposo. Esto es tan rápido, apenas ayer quería a mi novia y ahora ya amo a mi familia entera. Quieren abrazarnos, estoy listo.
    ¡Caray! Eso fue increíble, mira lo grande y fuerte que me pusieron. ¡Checa esto! De puro abrazar. Qué maravilloso, toda la familia ha venido a vernos.
    Yo no conocía al amor así, esto es completamente nuevo para mí y me hace palpitar tan fuerte, por favor tómalo con calma y relájate que la mudanza me tiene agotado, no puedo ir tan rápido.
    Shhh ¡Espera! Pon atención que el doctor va a decirnos algo importante.
    ¿Oíste eso? La operación salió de maravilla, somos perfectamente compatibles Mary, me late que seremos muy felices juntos.
    En las noticias la historia de un héroe de vida que brinda nueva oportunidad a madre de familia se comparte con admiración y alegría.

  39. Quisiera que nuestras mañanas fueran distintas a esta rutina en la que vivimos hoy y siempre. Te levantas y miras nuestra foto, y más tarde te miras al espejo y suspiras porque de ella se ha ido tu sonrisa y ese brillo que me conquistó al verte. Bajas las escaleras y pones a calentar el agua para el café, un café que no tomarás hasta que esté frío de nuevo a eso del medio día cuando decidas que es mejor subir las escaleras y acostarte. No, no me molesta seguirte a todos lados, no me molesta saber que no hablarás de nuevo conmigo, no es como una de nuestras tantas pelas, es algo más y lo sé y lo sabes.
    Quisiera que hoy fuera distinto, que al acostarte de nuevo abrieras los ojos y me miraras y no que permanecieran cerrados pensando en nuestros años juntos. Quisiera que los abrieras para decirte que no hace falta que sostengas tan fuerte ese frasco, que no hace falta que vacíes el contenido en tu garganta para así al fin acompañarme, porque yo te acompaño, hoy mañana y siempre. Yo te acompaño. Dicen que los fantasmas estamos condenados a repetir invariablemente nuestra tragedia, pero tú amor, te has convertido en el fantasma vivo más hermoso; y yo el fantasma fiel que te seguirá hasta que decidas vivir o acompañarme.

  40. Buena historia, ese final no me lo esperaba. Me agradó la forma en que la trama fue agarrando forma y elevó el suspenso (al principio creí que la historia era de otra cosa).

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